Josefa ya había regresado a casa para continuar con su recuperación.
Estaba recostada en el sofá de la sala, con los ojos cerrados, descansando tranquilamente, cuando Leonor cruzó la puerta con una expresión de furia en el rostro y se dirigió a las escaleras para irse a su cuarto.
Josefa la miró de reojo y no pudo evitar soltarle un comentario lleno de sarcasmo:
—Vaya, pero si es la gran cuñada que fue a buscar a Amaya para hacer las paces. ¿Qué pasó? ¿Regresas haciendo corajes?
Leonor se detuvo en seco, se volteó y le clavó una mirada cargada de enojo:
—Todo esto es por tu culpa, por las porquerías que hiciste. Si tan solo hubieras tratado a Amaya con un poquito de decencia, no estaríamos en esta situación.
—Lo más seguro es que el matrimonio de tu hijo ya no tenga salvación, pronto se van a separar de manera definitiva. ¿Ya estás contenta?
Josefa bufó con sorna, con un tono lleno de presunción:
—¡Se los dije desde el principio! Esa mujer nunca fue una mansa paloma, pero ustedes no me creyeron y hasta la defendían.
—¿Ya te diste cuenta de cómo es realmente? Dime, ¿la vas a seguir apoyando?
Leonor se sentó bruscamente junto a Josefa en el sofá. Al recordar cómo Amaya y Sofía la habían barrido con la mirada y la habían humillado en aquel restaurante, sintió que le hervía la sangre de coraje.
—¡A las mujeres no se les puede consentir, porque entre más les das, más cabronas se vuelven!
—Yo pensaba que Amaya era una persona razonable y sensata, por eso intenté ganarme su simpatía, ¡pero ya vi que a la buena no entiende! Mamá, a partir de hoy apoyo que Diego se divorcie de ella, pero respecto a la niña...
Después de haber aguantado tantos disgustos, Josefa por fin escuchaba algo que le parecía música para sus oídos. Le dio una palmada en el hombro a Leonor:
—¿Ahora sí ya me das la razón? Si alguien como ella se queda en la familia Muñoz, lo único que va a hacer es llenarnos de problemas y amargarnos la vida.
—Además, ¿qué de bueno puede tener la hija que parió? ¡De tal palo, tal astilla! A esa niña, si me lo preguntas, deberíamos dejarla ir; no la necesitamos.
—Entre tantas amigas de buenas familias que tienen ustedes tres, podemos escoger a cualquiera para tu hermano. ¡Mil veces mejor que ella! En mi opinión, ¡que se divorcien y que ella se quede con la niña! Así Diego podrá rehacer su vida sin tener que cargar con un estorbo que luego le estén criticando.
Josefa ya tenía su decisión tomada. No quería nada más en el mundo que ver a Diego divorciarse de Amaya de inmediato.
En cuanto a la bebé, la verdad es que nunca había sentido ningún cariño por ella desde el día que nació, y tampoco esperaba que en un futuro la reconociera como abuela. Le daba exactamente igual.

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