Diego se había quedado petrificado. Su rostro acababa de recibir otra tremenda bofetada, y el ardor en ambas mejillas era insoportable.
De pie en el mismo sitio, clavó en Vera una mirada gélida, como traída del mismo infierno.
¿A qué diablos había ido esa mujer en un momento tan crítico? ¿Acaso creía que su vida no estaba ya lo suficientemente arruinada?
—Diego, ¿te duele mucho?
Vera, al ver las marcas de los dedos marcadas en el rostro de Diego, no pudo evitar dar un paso adelante, intentando acariciarle la cara por instinto.
Diego le dio un empujón fuerte para apartarla y retrocedió rápidamente un par de pasos:
—¿Cómo supiste que estaba viviendo aquí? Y, lo más importante, ¿cómo entraste?
El empujón hizo que Vera casi tropezara. Al recuperar el equilibrio, su rostro se llenó de un victimismo exagerado:
—Yo... yo te llamé y no me contestaste, tampoco respondiste mis mensajes. ¡Estaba preocupada por ti!
—Le pedí la dirección al mayordomo de Villa Jardín del Edén, él fue quien me dijo que te estabas quedando aquí temporalmente.
Mientras hablaba, una sonrisa de falsa timidez se asomó en el rostro de Vera:
—Y la contraseña fue súper fácil de adivinar. Veo que sigues siendo el mismo de antes, usando mi fecha de nacimiento como clave, jeje...
Diego se quedó completamente helado.
¿La contraseña de su puerta era el cumpleaños de Vera?
Y sí... resultaba que así era. Llevaba usando esa misma serie de números para todo tipo de claves desde que era niño; con el paso del tiempo, se había convertido en simple memoria muscular.
Hasta la fecha, usaba esos números por inercia, al grado de que ya ni siquiera recordaba que estaban relacionados con el cumpleaños de Vera.
Menos mal que Amaya no se había dado cuenta... pensó Diego, invadido por una repentina punzada de culpa.
Miró a Vera con frialdad:
—Aun si fuera así, no puedes simplemente entrar sin tocar la puerta. ¿No tienes los modales más básicos?
Vera contestó:
—Diego, ¡es que me moría de ganas por verte!
—¿Amaya sigue terca con lo del divorcio? Si me lo preguntas, creo que sería mejor que te divorciaras de ella de una vez por todas. Si seguimos así, esa mujer va a terminar arruinándonos a todos...
Desde afuera, Vera se había enterado de todo. Había escuchado toda la conversación.
Por dentro, saltaba de alegría. Por un lado, se dio cuenta de que Diego estaba dispuesto a echarse encima el pago de la compensación, lo cual la alivió muchísimo.
Y por otro lado, escuchar lo decidida que estaba Amaya a divorciarse era música para sus oídos.
—Diego...
Con expresión gélida, Diego abrió la puerta de par en par, exigiéndole que saliera.
Al ver su rostro implacable y su actitud tan fría, el rencor y la rabia de Vera hacia Amaya llegaron a su punto máximo en ese mismo segundo.
Se clavó las largas uñas en las palmas de las manos y, tragándose su frustración, cruzó el umbral para salir del departamento.
¡Pum!
Diego le cerró la puerta en la cara con toda su fuerza.
Vera se quedó parada en el pasillo, pateando el suelo con coraje, aunque, un instante después, una sonrisa perversa y maliciosa se dibujó en su rostro.
¡La discusión entera de Amaya y Diego había quedado grabada en su celular!
Amaya no se había medido a la hora de despotricar contra la familia Muñoz, y eso encajaba perfectamente con sus planes.
En los últimos días, le habían llegado los rumores de que los Muñoz tenían la intención de organizar un gran banquete para celebrar el bautizo de la hija de Amaya, y no soportaba la idea de que esa mocosa tuviera semejante lujo.
¡Iba directo a la mansión de los Muñoz para que toda la familia escuchara con sus propios oídos lo prepotente y cruel que podía llegar a ser Amaya con Diego!
Vera sonrió con presunción, bajó por el elevador, subió a su coche y condujo a toda velocidad hacia la mansión de la familia Muñoz.

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