En ese momento, Romeo se acercó trayendo consigo cuatro platillos deliciosos y una sopa humeante.
El aroma reconfortante inundó la habitación, atrayendo de inmediato la atención de las tres mujeres.
—A comer.
Romeo colocó la comida sobre una pequeña mesa dispuesta especialmente en la habitación y se acercó rápidamente a Amaya.
—Ami, ¿cómo te sientes? ¿Estás mejor?
Ella asintió.
—Mucho mejor.
Romeo no hizo más preguntas y procedió a invitar a Beatriz y a Ximena a que se acercaran a comer.
Sobre la mesa había un festín de comida casera, ligera pero exquisita. Romeo se encargó de presentar los platillos:
—Preparé un caldo reconfortante de costilla, estofado de res con papas, berenjenas guisadas y unos camarones al vapor.
Al ver la comida que no solo lucía deliciosa sino que olía a hogar, Amaya sintió un nudo en la garganta.
Romeo era genuinamente atento, de esa forma silenciosa que lo envuelve a uno sin asfixiar.
*La chica que sea su novia en el futuro será inmensamente feliz*, pensó.
Era una lástima que, aunque Vera había estado casada con él, no tuvo la inteligencia de valorarlo. Casarse con un hombre así era un verdadero premio.
Mientras Amaya reflexionaba, Beatriz ya estaba deshaciéndose en halagos:
—Romeo, eres increíble. No solo eres brillante en tu trabajo, sino que además cocinas como un chef. Ximena, ¿cómo le hiciste para criar a un hijo tan perfecto?
Los ojos de Ximena brillaron con evidente orgullo.
—A los seis años ya lo ponía a cocinar. Si no cocinaba, no comía.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós a la Esposa Perfecta