La actitud de Diego, tan decidida, responsable y protectora, le dio un apoyo inmenso.
Durante estos cinco años, ella había caminado detrás de él por pura voluntad, amándolo en cada detalle, cuidándolo, adorándolo e idolatrándolo, viéndolo como su mundo entero.
Pero ahora, con la dolorosa verdad al descubierto, Amaya por fin entendía:
La responsabilidad y compromiso que ella tanto admiraba habían sido solo producto del despecho.
Resulta que él no la quería; la había agarrado como un simple clavo ardiente para sacudirse el dolor que sentía.
Amaya alzó la vista levemente y preguntó con la voz ronca:
—O sea que él te gusta, y ¿porque tú te casaste con alguien más, se enojó y se casó conmigo para desquitarse?
Aunque ya sabía la respuesta en el fondo, Amaya necesitaba confirmarlo.
Vera sonrió, con un tonito mimado y arrogante:
—Pues claro, me ha traído en palmitas desde que éramos chiquitos. El día que Romeo y yo firmamos el acta civil, fue con los ojos rojos a amenazarlo, ¡le dijo que si no me trataba como reina le iba a romper las piernas!
Vera suspiró con ligereza:
—Lástima, aunque no somos de sangre, legalmente somos primos; si no, ni de chiste te hubiera tocado a ti... sacarte semejante premio.
Amaya se quedó sin saber qué decirle ante tal cinismo.
El niño que traía en brazos ya había llorado tanto que estaba afónico, pero Vera ni siquiera parecía sentir lástima; al contrario, toda ella destilaba soberbia y burla.
Amaya no podía creer que una vieja así trajera babeando a dos de los arquitectos más pesados del país.
Amaya sentía que los últimos cinco años de su vida habían sido una basura.
No pudo evitar soltar una risita fría.
—Ya veo... a ti quien de verdad te gusta es Diego, y te casaste con Romeo nomás por puro berrinche, ¿verdad?
Vera bajó la mirada para ver el brazalete de oro que llevaba en la muñeca.
Con el puro ojo, Amaya reconoció al instante que era la misma pulsera que Diego había guardado en su clóset hacía tres meses.
Ella la había visto mientras le acomodaba la ropa y, pensando que era una sorpresa para ella, la había devuelto a su lugar con disimulo.
Llevaba meses esperando que Diego se la diera por sorpresa, y resulta que...

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