A Vera se le desfiguró la cara y chilló:
—¡Qué! Amaya, ¡qué mosca muerta eres! ¡Bórralo ahorita, bórralo ya!
De la debilidad que fingía hace rato no quedaba ni el rastro; se le echó encima y estiró la mano para arrebatarle el teléfono a Amaya.
Su carita delicada se veía retorcida de prepotencia:
—¡Amaya, no te puedes poner al brinco conmigo! ¡Romeo me adora, y Diego no vive sin mí! ¿De verdad crees que tú puedes ganarme a mí? ¡Ni lo sueñes!
—Además, yo soy la señorita de la familia Ramos. ¿Qué importa si no soy de sangre? ¡Mis papás no tienen a nadie más que a mí! ¡Meterse conmigo es echarse de enemigas a tres familias enteras! Y con esa madrota de antro que tienes por madre, ¡jamás te va a poder sacar del hoyo! ¡Piénsalo bien!
Vera agarró a Amaya de la camisa, echándole unos ojos de víbora:
—¡Si no quieres ser la chacha lechera de mi hijo, entonces lárgate de aquí! ¡Te doy tres días para que Diego te pida el divorcio!
—Te estoy haciendo el paro y te estoy dando un chance, aprovéchalo. ¡Ándale, dame el méndigo celular! —exigió bajando la voz al máximo.
Amaya alzó la vista y le respondió con desdén:
—Vera, de verdad te sientes intocable.
Romeo la idolatraba, Diego la complacía en todo y la familia Ramos la respaldaba, con razón andaba tan alzadita.
Vera la miraba con todo el orgullo del mundo y una sonrisa maliciosa.
—Tengo con qué sentirme intocable. Pero, ¿tú qué tienes? Tu mamá es una madrota de table dance a la que todas las señoras fresas le hacen el feo, y tú, aunque te hayas metido en la familia Muñoz, ¡ellos nunca te han tragado! Ni boda de verdad tuviste, ¿a poco no?
Amaya aguantaba lo que fuera, pero que le llamaran "madrota" a su mamá fue el colmo.
Antes de que Vera pudiera meter las manos, Amaya se le fue encima.
Aventó a Mateo a la cama, que ya estaba ronco de tanto chillar, agarró a Vera de las greñas y la azotó de lleno contra el piso.


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