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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 181

Al ver que la ira de toda la familia Muñoz había sido provocada, Vera sintió una enorme satisfacción.

De inmediato le dio play al botón y reprodujo la grabación de Amaya y Diego de principio a fin.

Al terminar la grabación, todos en la familia Muñoz palidecieron de coraje; Rubén tenía una expresión tan dura que parecía que iba a estallar en cualquier momento.

Apoyó ambas manos en las rodillas y dejó escapar un pesado suspiro:

—Diego siempre ha sido muy firme para manejar las cosas, ¿cómo es posible que ahora no pueda ni controlar a su mujer? ¿De verdad va a permitir que lo humille de esa manera delante de todos?

Leonor entrecerró los ojos, reflejando una furia que apenas podía contener:

—¡Si él no la consintiera tanto, Amaya jamás habría causado tanto alboroto!

—A él le falta carácter, pero nosotros no podemos ceder. Papá, tenemos que actuar ahora mismo para que esa Amaya entienda cuál es su lugar.

La mirada de Rubén se volvió glacial:

—Pásame el celular de Amaya, le voy a marcar yo mismo.

—Quiero ver si, hablando con su suegro en persona, se atreve a faltarme al respeto.

En los cinco años que Amaya llevaba casada con Diego, las veces que Rubén la había visto se podían contar con los dedos de una mano.

Sin embargo, en cada ocasión, Amaya se mostraba temerosa y sumamente respetuosa, aterrorizada de cometer algún error que lo molestara.

Rubén nunca había expresado ninguna opinión sobre su nuera; incluso si algo le desagradaba, se lo guardaba.

Inconscientemente asumía que, mientras Amaya lo reconociera como su suegro, jamás se atrevería a desafiarlo.

Después de todo, en todo Solsepia, todavía no existía alguien que se atreviera a hacerle un desplante.

Decidió llamarla personalmente para exigirle que llevara a la niña a la mansión Muñoz a verlo.

No creía que ella tuviera las agallas de negarse.

Leonor revisó sus contactos, buscó el número de Amaya y puso el celular frente a Rubén.

Rubén se aclaró la garganta y, frente a ellas, marcó el número de Amaya.

—Disculpe, no me suena, no lo conozco.

El rostro de Rubén se ensombreció aún más y su voz se volvió más áspera:

—¡Soy Rubén Muñoz, el padre de Diego!

—Ah, eres tú. ¿Se te ofrece algo? —preguntó Amaya.

Rubén casi se ahoga del coraje, apretó la mandíbula y trató de contener su furia a la fuerza:

—Tráete a tu hija a la mansión Muñoz ahora mismo. Te doy veinte minutos.

Era un tono autoritario tan familiar, exactamente igual al de Josefa.

En el pasado, por más ocupada, cansada o fastidiada que estuviera, bastaba con recibir esa llamada para que Amaya corriera de inmediato a la mansión Muñoz a cumplir con cualquier capricho.

Pero ahora las cosas habían cambiado, y al escuchar ese tono de voz, Amaya sintió unas ganas inmensas de mandarlo directo a la chingada y colgarle.

Con una mirada afilada, dejó escapar una risa burlona y le soltó todo de golpe:

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