¿Tú me dices que lleve a mi hija y yo tengo que obedecer?
—¿Qué te crees, el rey de Roma o Dios? ¿Con qué derecho me exiges eso? ¿Por qué tendría que llevar a mi hija a verte?
—Y encima me das veinte minutos... No manches, ¿qué te pasa? ¿Me viste cara de repartidora? ¡Hasta para pedir comida a domicilio se debe tener un mínimo de educación!
Ya estaba harta de todos y cada uno de los miembros de la familia Muñoz.
Ya no soportaba sus ínfulas de superioridad.
Ahora solo quería mandar todo al diablo; no pensaba tolerar nada más ni permitirse pasar por el más mínimo maltrato.
Le valía madre quién fuera él; que fuera el padre de Diego no le importaba. Cuando ella le había mostrado todo el respeto del mundo, él la había tratado como basura.
Así que esperar respeto de su parte ahora, era imposible.
Rubén jamás imaginó que, después de rebajarse a llamarla personalmente, Amaya le saliera con esa actitud.
Como tenía el teléfono en altavoz, las palabras de Amaya se sintieron como un par de cachetadas directas en su cara.
Durante todos esos años, a dondequiera que fuera, la gente lo admiraba y le lanzaba halagos; nadie se había atrevido nunca a ponerlo en su lugar de esa manera.
Rubén enfureció por completo, las venas de la frente y el cuello se le marcaron por el coraje; el corazón le latía a mil por hora y la cara se le puso roja del enojo:
—¡Amaya! ¡Soy tu suegro!
—¡No puedo creer que me hables con esa actitud! ¡Tú... eres una atrevida y una maleducada!

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