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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 201

Amaya y Romeo se miraron el uno al otro, completamente perplejos.

Amaya se acercó, le levantó un poco los párpados y vio que no tenía las pupilas dilatadas. Suspiró y miró a Romeo con resignación:

—No ha dormido bien últimamente. Seguro se desmayó otra vez.

Romeo frunció el ceño:

—Con esta tormenta es imposible llevarlo a un hospital.

Amaya señaló hacia arriba:

—Mejor vamos a subirlo a una habitación para que descanse. Romeo, búscate algo de ropa seca y cámbialo, está todo empapado.

Él asintió. Sin chistar, fue al armario y sacó un pijama de hombre nuevo, que hacía juego con el que llevaba puesto Amaya.

Su abuela era una mujer muy educada y extremadamente detallista. Desde que Romeo se había casado, siempre tenía listos pijamas y artículos de aseo por si él y su mujer iban a visitarla.

Quién iba a decir que, por azares del destino, terminarían usándolos Amaya y Diego.

Entre los dos lograron cargar a Diego escaleras arriba. Amaya salió del cuarto para dejar que Romeo le cambiara la ropa, le secara el cabello y lo tapara bien.

Diego seguía medio inconsciente; tenía la frente hirviendo; estaba ardiendo en fiebre.

Por suerte, la abuela siempre tenía un botiquín bien surtido. Romeo sacó unas pastillas para la fiebre y el dolor, y se las dio a tragar.

Durante todo el proceso, Diego en realidad estaba consciente, pero se hizo el dormido.

Estaba maquinando un plan a su conveniencia: mejor si estaba enfermo, mucho mejor si tenía fiebre. Así tendría la excusa perfecta para quedarse tirado en esa cama. Romeo no sería capaz de echar a un enfermo a la calle.

Para cuando terminaron de atender a Diego, ya eran como las dos de la mañana.

Romeo salió del cuarto con el cansancio reflejado en el rostro:

—Ami, ve a dormir a la habitación de al lado. Yo me acomodo aquí con Diego esta noche.

La verdad era que Amaya no tenía la menor intención de compartir cuarto con Diego.

La última vez que lo cuidó por pura humanidad, terminó arrepintiéndose muchísimo.

El diluvio continuó cayendo sin piedad durante toda la madrugada.

El constante golpeteo de las gotas contra las plantas del patio sirvió como canción de cuna, logrando que los tres cayeran profundamente dormidos en poco tiempo.

Gracias a la tranquilidad de la antigua casa y al suave aroma a incienso, Amaya logró descansar como no lo hacía en mucho tiempo.

A la mañana siguiente, se levantó temprano. Al ver que la puerta de al lado seguía cerrada, bajó a la planta baja.

Como vio que había buena despensa en la cocina, sacó una olla para preparar un poco de avena, buscó pan y huevos en el refrigerador, y se puso a hacer el desayuno.

Apenas se disponía a estirarse para desperezarse cuando, de repente, escuchó unos golpes apresurados en la puerta principal.

«Tan temprano... ¿quién podrá ser?», pensó Amaya, sorprendida. Caminó hacia la entrada del patio y abrió la puerta.

Para su sorpresa, se topó con Vera. Llevaba puesta una chamarra de cuero y unos lentes oscuros, con una actitud sumamente arrogante.

Detrás de ella venían unos siete u ocho pandilleros con el pelo pintado de colores.

Al ver que era Amaya quien abría, Vera entrecerró los ojos y la miró con abierta provocación:

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