Al llegar a la entrada de la estación de policía, Beatriz bajó del auto arrastrando a Josefa. Entró con paso firme y una mirada que prometía guerra.
Amaya caminaba detrás de ella, sin despegar la vista de su celular mientras escribía un mensaje rápido.
【Romeo, mamá está a punto de desatar una guerra.】
La respuesta llegó al instante: 【¿Qué pasó?】
【Trajo a la mamá de Diego a la estación. Va a ajustar cuentas por lo que le hicieron en el pasado.】
Romeo entendió perfectamente: 【Tranquila. Déjala que haga lo suyo, yo me encargo de respaldarla.】
Hablar con personas que saben cómo moverse era un alivio.
Con solo un par de mensajes, Romeo ya tenía claro cómo manejar la situación.
Amaya guardó el teléfono con tranquilidad y apresuró el paso para alcanzar a su madre.
—¿Qué creen que están haciendo? ¡Suelte el cabello de la señora ahora mismo! ¡Las cosas se resuelven hablando!
Dentro del recinto, un oficial que parecía estarlas esperando les gritó con tono autoritario apenas vio a Beatriz arrastrando a Josefa.
De inmediato, un par de policías se acercaron, apartaron a Beatriz con brusquedad y la sujetaron por ambos brazos.
El primer oficial se acercó a Josefa con un trato exageradamente amable:
—Hola, disculpe, ¿usted es la señora Josefa Ponce?
Amaya observaba la escena con frialdad, comprendiendo al instante que alguien importante ya había movido los hilos por teléfono.
Josefa asintió de inmediato, como si hubiera encontrado a su salvador:
—¡Sí, oficial, soy yo!
—¡Rápido! ¡Arreste a estas dos locas! ¡Son unas delincuentes! ¡Siento que me arrancaron la cabeza!
Fingiendo un dolor inmenso, Josefa se sobaba la cabeza frenéticamente.
Durante todo el trayecto, Beatriz no había aflojado el agarre en ningún momento. Josefa tenía el cuero cabelludo entumecido por el dolor, pero no se había atrevido a soltar ni un quejido.
Ahora, cobijada por los policías, se sentía intocable; se aferró al brazo del oficial y se escondió detrás de él, queriendo estar lo más lejos posible de Amaya y su madre.
—Tome asiento y descanse, no se preocupe. Nosotros nos encargaremos de la situación.
Beatriz captó el mensaje de inmediato y recuperó la compostura:
—¡No las tengo aquí, pero ella acaba de confesar con su propia boca que aún conserva los videos y fotografías de aquella noche!
—Pueden revisar los archivos de hace quince años. Yo vine a denunciar inmediatamente después de que ocurrió. El oficial que tomó mi declaración se apellidaba Ramos.
Beatriz expuso los hechos con una frialdad escalofriante.
Así que... su madre sí había acudido a la policía cuando todo ocurrió, pero el caso fue enterrado y silenciado por completo.
Era fácil imaginar la agonía y el infierno que su madre había vivido en aquellos días.
La mirada de Amaya hacia su madre se llenó de un profundo dolor y compasión.
Justo en ese momento, Josefa soltó una carcajada burlona:
—Lo que dije antes era mentira, ¿de dónde voy a sacar yo fotos y videos?
—No hay nada de nada. Beatriz, yo ni siquiera te conocía en esa época, ¿cómo iba a hacerte daño? ¡Deja de inventar mentiras para ensuciar mi nombre!

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