Amaya se quedó quieta, escuchando en silencio los insultos de Melina. Sus hombros, que habían estado tensos, comenzaron a relajarse poco a poco.
No apartaba la mirada de Diego.
En ese momento, más allá del odio y la rabia, sentía por él un profundo y genuino asco.
Ya que tenían tantas ganas de ensuciarla, perfecto.
Les enseñaría lo que significaba jugar con fuego.
El rostro de Diego se ensombreció. Al cruzarse con la mirada de Amaya, su voz tembló:
—¿No tienes nada que explicar?
La tranquilidad de Amaya desconcertó a Diego.
Él había imaginado que, al verse expuesta frente a la prensa, Amaya entraría en pánico, perdería el control y se arrodillaría llorando, jurando que todo era una mentira.
Pero no vio ni una pizca de culpa en sus ojos; solo encontró una burla condescendiente, una lástima que lo miraba desde arriba.
Diego sintió que le faltaba el aire.
Interpretó su silencio como una confesión, y la fulminó con una mirada cargada de odio.
Al segundo siguiente, soltó una carcajada amarga, producto de la desesperación absoluta:
—Muy bien, Amaya... Nunca imaginé que ni siquiera intentarías darme una excusa.
Amaya soltó una risita ligera. Se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y habló con voz serena:
—No tengo nada que explicar. Porque lo que acaba de decir Melina... es verdad.
¡Boom!
Sus palabras estallaron como una bomba en la mente de Diego.
La sonrisa se le borró de golpe y se quedó paralizado, como si le hubiera caído un rayo. La miró, incapaz de creerlo:
—¿Q-qué dijiste?
Bajo su mirada atónita, la sonrisa de Amaya se ensanchó, pero sus ojos estaban vacíos y helados:
—Dije que Melina tiene razón. Reni definitivamente no es tu hija biológica.
Dolor.
Un dolor desgarrador.
En ese momento, algo dentro de él se hizo pedazos: todo el orgullo y las últimas ilusiones que le quedaban sobre su matrimonio.
—¡Bien! ¡Bien! ¡Bien! —repitió Diego, riendo entre lágrimas de rabia.
Todo su cuerpo temblaba mientras soltaba una carcajada trágica y rugía con desesperación:
—¡Eres despiadada, Amaya! ¡De verdad me pusiste los cuernos!
—Si la niña no era mía, ¿por qué diablos no me lo dijiste antes? ¿Por qué me tomaste el pelo todo este tiempo? ¿Te divierte burlarte de mí?
Gritaba con las venas de la frente saltadas, completamente roto por dentro.
Clavó la mirada en Amaya, buscando al menos un gramo de remordimiento en su rostro, pero no encontró nada.
Sus ojos eran como un lago inmóvil, reflejando únicamente la patética y humillante figura de él haciendo el ridículo.
—¿Burlarme de ti? Diego, te das demasiada importancia.

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