Justo cuando Amaya había pedido auxilio a gritos, ellos pasaban por la gasolinera. La voz de Amaya era inconfundible y Diego la reconoció al instante. Al ver cómo los criminales huían a toda velocidad, Diego no lo dudó y emprendió la persecución sin pensarlo dos veces. En ese momento, no le importaba nada más; su único pensamiento era que Amaya no podía salir lastimada.
Al ver que la furgoneta se adentraba en un camino cada vez más desolado, Diego entendió que si no actuaba, no sabría adónde la llevarían. Así que, con determinación, decidió embestirlos por detrás para obligarlos a detenerse. Sintiendo una presión asfixiante en el pecho, Diego se soltó del agarre de Vera y sacó una pistola de la guantera del auto.
—¡No me voy a quedar de brazos cruzados mientras lastiman a mi esposa!
Tras decir esto, bajó del auto y caminó hacia la furgoneta sin importarle el peligro. El interior del vehículo estaba lleno de humo. El conductor se había golpeado la cabeza contra el parabrisas por el impacto y yacía inconsciente sobre el volante, sangrando. El otro secuestrador bajó del auto para revisar los daños. De repente, sintió el frío contacto del metal en su sien. Una pistola negra lo apuntaba directamente.
El rostro de Diego era una máscara de furia contenida.
—¿Quiénes son ustedes? ¿Por qué secuestraron a mi esposa? ¡Hablen!
—¿E-esposa? —la voz del matón tembló. Al ver a Diego vestido con un traje de alta costura, proyectando un aura de poder, y al notar el lujoso Bentley abollado detrás de él, el hombre empezó a temblar como una hoja. Él solo era un peón, no tenía idea de por qué su jefe quería a esa mujer, solo le habían dicho que se divirtieran con ella. Jamás imaginó que el esposo aparecería antes de que pudieran siquiera tocarla.
—Y-yo no sé nada... Nuestro jefe nos ordenó secuestrarla, acostarnos con ella y luego tomar fotos y videos —confesó el delincuente, con las manos en alto y aterrorizado, escupiendo la verdad sin dudar.
Diego apretó la mandíbula.
—¿Quién es su jefe? ¡Dime!
El hombre tragó saliva, intimidado por la mirada asesina de Diego.
El mensaje era claro: Diego tenía que elegir a una de las dos. Vera estaba paralizada de miedo, con el rostro cubierto de lágrimas. Su instinto de supervivencia la hizo gritar de forma histérica:
—¡El objetivo de ellos siempre fue ella! ¡Llévensela a ella! ¡No me maten! ¡Amaya, tu vida no vale nada, muérete tú! ¡No me arrastres contigo!
Mientras gritaba, Vera forcejeó con desesperación, lo que enfureció al secuestrador, quien presionó el cañón contra su sien con más fuerza.
—¡Cállate, maldita sea! ¡Si sigues gritando, te vuelo los sesos primero a ti!
Vera se quedó muda de golpe, aterrorizada. Diego observó su estado de histeria y luego miró a Amaya. En contraste, Amaya lucía increíblemente tranquila. Sentada en el suelo, despeinada, no decía una palabra; solo observaba todo en silencio. Una sombra de duda cruzó los ojos de Diego. Miró a Amaya y tragó grueso.

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