Diego colgó el teléfono y contempló el nublado cielo gris a través de la ventana.
El clima en Solsepia no se había despejado desde aquel día que celebraron el primer mes de su hija, y ese deprimente escenario empeoraba todavía más el pesado nudo que sentía en el pecho.
Intentó llamar otra vez a Amaya, marcando desde varias líneas, pero en todas obtuvo como respuesta el tono que le indicaba que lo había bloqueado.
Desesperado, tomó las llaves de su coche y salió a zancadas del estudio.
Si ella no quería contestarle el teléfono, entonces él mismo iría a Villa Los Olivos a buscarla.
Necesitaba preguntarle directamente si arruinar la reputación suya y de Vera era realmente lo que buscaba lograr con todo eso.
Ella solía ser cuidadosa y sensata; nunca habría provocado un escándalo que perjudicara a todos de esa manera.
Esta vez... ¡no lograba entender qué diablos pasaba por su cabeza!
***
Mientras tanto, en Villa Jardín del Edén.
Amaya había recibido un mensaje de Eva contándole que Vera acababa de llegar a instalarse allí junto con su hijo, por lo que se dirigió a la residencia de inmediato.
Al entrar a la sala, encontró a Vera y a Josefa sentadas muy juntas en el sillón, planeando en voz baja sus siguientes movimientos.
Las dos estaban de espaldas a la puerta, tan inmersas en su plática que ninguna notó que Amaya ya había llegado.
Vera sollozaba entre lágrimas:
—Tía, ¿qué hago ahora? La familia de mi esposo ya había escuchado algunos rumores de mí y de Diego hace años. Al leer esa publicación, estoy segura de que deben de creer que de verdad hubo algo entre nosotros. Mi suegra no quiso armar un escándalo por teléfono, solo me dijo que fuera mañana a almorzar a la mansión de los Ortega, pero... tengo muchísimo miedo.
Josefa estaba echando chispas y se llevó la mano al pecho por el disgusto:
—Me va a dar un infarto del coraje... ¡esa maldita de Amaya solo quiere ver el mundo arder! ¡Jamás imaginé que se atrevería a hacer una locura de tal magnitud!
—Yo no he tenido ningún desliz con Diego, nuestra relación siempre ha sido limpia. Admito que cuando éramos inmaduros yo llegué a sentir cosas por él, pero... eso quedó en el pasado, ahora nuestras vidas son otras...
Las quejas se tornaron en lágrimas; Vera lloraba a cántaros y el llanto parecía arrebatarle el aliento:
—Tía, si mi matrimonio con Romeo se tambalea por esto, los acuerdos comerciales entre el Grupo Muñoz y la familia Ortega también correrán peligro. Tienes que hallar la forma de darle su escarmiento a Amaya.

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