Las lágrimas volvieron a acumularse en los ojos de Amaya. Asintió, conmovida hasta el alma.
—Gracias. Sé que no eres mi hermano de sangre, pero vales mucho más que uno. Siempre sabes exactamente qué decir para hacerme sentir a salvo.
Amaya lo miró con sincera gratitud.
Romeo apretó los labios.
Un destello de dolor cruzó por su mirada. Por un segundo, quiso romper su fachada, confesarle sus verdaderos sentimientos y gritarle que él era ese hombre dispuesto a entregarle todo.
Pero sabía que no era el momento. El corazón de Amaya estaba hecho añicos; no soportaría el peso de una nueva relación.
Su único deber ahora era protegerla, quedarse a su lado y esperar pacientemente.
Esbozó una sonrisa amable y, con tacto, retiró la mano de su hombro.
—Claro que sí. Le di mi palabra a tu hermano de que cuidaría muy bien de ti.
Al escuchar eso, una punzada casi imperceptible de decepción pinchó el pecho de Amaya, pero la desechó al instante.
Ya lo sabía. Para Romeo, ella solo era la hermanita menor de su amigo. Por eso la trataba con tanto cariño y la cuidaba sin ningún interés oculto.
* * *
Por otro lado.
Diego seguía escuchando el tono de línea ocupada tras la abrupta llamada de Amaya. Sentía que las sienes le iban a estallar.
Amaya se había vuelto una materialista insoportable. Le había sacado una fortuna en propiedades y acciones, ¡y ahora le estaba cobrando hasta el último centavo de su historial!
Antes, ella jamás le prestaba atención al dinero ni a las ganancias. ¿Cómo se había vuelto una arpía tan calculadora?
No lo entendía.
En ese momento, Julio tocó la puerta y entró con una pesada carpeta en las manos.
—Señor Muñoz, este documento es para usted.
Diego la abrió y sacó el grueso bloque de hojas. Eran las facturas y estados de cuenta de Amaya.
El documento tenía más de cien páginas. Estaba detallado al milímetro.
Cuando Diego vio que Amaya le estaba cobrando hasta el costo de los paquetes de toallitas húmedas para la bebé, su rostro se volvió rojo de la furia.
Se puso de pie de un salto y barrió las hojas del escritorio de un manotazo, esparciéndolas por todo el suelo.

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