«¿Acaso... me tiene lástima?»
Era imposible.
Leonor tenía la reputación de ser una auténtica “reina de hielo” en el negocio. Era conocida por ser mucho más arrogante, dictadora y ruda que el mismo Diego.
No le interesaban los hombres, era partidaria de la soltería y le decían la "devorahombres" del gremio de la construcción.
En los cinco años que llevaba en el Grupo Muñoz, Amaya había perdido la cuenta de las veces que Leonor se había portado insoportable con ella o la había regañado hasta humillarla. Siempre había creído que de toda la familia, Leonor era la que más la aborrecía.
Lo que menos esperaba era que una persona de sangre fría y sin escrúpulos fuera la que le mostrara tantita empatía justo en el momento en que estaba por separarse de Diego.
Amaya no supo qué contestar, así que guardó silencio.
Sorprendentemente, Leonor se le acercó y le dijo algo completamente impensable:
—Si tienes que renunciar, hazlo. Si te quieres divorciar, también. Eres mujer, jamás te conformes con estar atada a un solo hombre. Llevas estos cinco años soportando idioteces, pero con lo que estás haciendo ahorita, al menos por fin estás demostrando que tienes pantalones.
Amaya se quedó pasmada. Simplemente no tenía palabras.
Leonor, para rematar su buena obra del día, continuó:
—Ya aprobé tu renuncia. Como parte del consejo de administración del corporativo, tengo ese nivel de autoridad. Ahora dedícate a descansar y cuidar a tu niña. Y si en algún momento te sientes aburrida y necesitas compañía, márcame, que yo te presento a quien quieras.
Con una propuesta de ese nivel, ya no le quedaba más remedio que aceptar:
—Está bien, acepto el apoyo. Muchas gracias, señora Muñoz.
Ella juraba que su salida de la compañía iba a ser un pleito de meses contra Diego; incluso ya se había mentalizado para soportarlo.
Nunca se esperó que Leonor llegara al rescate para solucionarle todo el problema de una sola vez.
Sintiendo que le quitaban un peso gigantesco de los hombros, Amaya se dio la vuelta cargando su caja, dispuesta a marcharse.
Pero no alcanzó ni a dar dos pasos cuando escuchó a alguien correr detrás de ella.
Al segundo siguiente, Diego le agarró el brazo y, enfrente de todos, jaló con fuerza para pegarla a su cuerpo.
Una voz ronca y cargada de furia le susurró al oído:
—No escuches las idioteces de Leonor. Tu renuncia tiene que pasar forzosamente por mis manos. Por mucho que ella pertenezca a la mesa directiva, no puede brincarme y autorizarla.
Diego sentía a la vez demasiada rabia y una profunda frustración.
La palabra "patán" le hizo abrir los ojos a Diego, completamente incrédulo.
Durante toda su trayectoria, la gente siempre le había mostrado un enorme nivel de respeto. Ya fuera como “experto”, “eminencia” o “director”, a Diego todo el tiempo se le dirigían con mucha admiración. Así que era la primera vez en toda su vida que alguien le decía “patán” en la cara.
Su expresión se volvió macabra en un instante:
—Primera, jamás te fui infiel y, segunda, nunca le he dado la espalda a mi familia. ¿Cómo fregados voy a ser un patán? Cuida mucho tus palabras, Amaya.
Ella estaba intentando aguantar el coraje, pero al escuchar las tonterías de su marido, terminó por molestarse todavía más.
Así que, delante de los empleados que iban pasando, levantó la mano dispuesta a darle una buena cachetada a Diego.
No obstante, esta vez él se le adelantó; esquivó el golpe y, agarrándole la muñeca, la forzó a pegarse nuevamente a su pecho.
Luego, en un tono muy discreto, le soltó una advertencia:
—En la casa puedes pegarme todo lo que quieras. Pero estamos en la empresa, no me vayas a armar un teatro.
Amaya lo miró directo a los ojos muy indignada, pero justo cuando estaba por decirle algo, Diego se atrevió a cargarla en brazos enfrente de todas las personas de la compañía:
—Ya, relájate. Nos está mirando todo el personal; pórtate como la esposa del dueño, por favor.

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