—Pero también debo advertirte algo: puedes jugar al gran empresario si quieres, pero por ningún motivo vayas a hundir a Amaya por culpa de tus fracasos.
—Sé muy bien que tiene un talento inmenso para el diseño, y no dudo de que algún día llegará a ser una arquitecta de primer nivel, superándote incluso a ti... Sin embargo, es madre, la madre de mi hija. Tiene que criar a Reni, así que más te vale no llevarla a la ruina total.
—Ya les he garantizado suficiente dinero para asegurarles una vida próspera, pero si por culpa de tus decisiones estúpidas arruinas el futuro de mi hija y el de ella, ¡juro que no te lo perdonaré!
Al terminar de hablar, Diego cerró el puño en dirección a Romeo a modo de amenaza.
Luego, con el semblante ensombrecido, se dio la vuelta para marcharse.
Por primera vez en mucho tiempo, sentía que había logrado acorralar a Romeo. En el instante en que le dio la espalda, una pequeña ola de satisfacción y revancha recorrió su pecho.
Pero de repente, a sus espaldas, resonó la voz serena y contundente de Romeo:
—Me haré responsable de cada una de mis decisiones.
—Además, no hace falta que me restriegues a cada rato que Reni es tu hija.
—A decir verdad, ahora Reni también es mi hija.
—Amaya ya aceptó que Reni me considere su padrino, y que mis padres sean sus abuelos postizos.
El tono de Romeo era completamente tranquilo, sin asomo de alteración; simplemente exponía los hechos.
En cambio, Diego sintió que el mundo se le caía encima. Giró bruscamente, clavando una mirada incrédula en Romeo:
—¿Qué demonios acabas de decir?
—¿Con qué derecho va a llamarte padrino y considerar a tus padres sus abuelos?
—¡No autorizo semejante estupidez!
La ira de Diego se disparó en cuestión de segundos, y de inmediato se dirigió a Amaya:
—Ami, ¿cómo te atreves a dejar que mi hija llame padrino a otro hombre? Tú... ¿qué buscas con todo esto?

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