Ninguna de las mujeres en la habitación se esperaba que Diego defendiera a Amaya de manera tan impulsiva.
Al instante, todas se alteraron.
Melina Muñoz fue la primera en saltar de su asiento:
—Diego, ¿te volviste loco? Mírala, Vera está destrozada y tú... ¿sigues protegiendo a esa cualquiera?
Valeria dejó asomar su descontento en su voz:
—Así es. Salta a la vista que ella orquestó todo esto. ¿Quién más tendría motivos para atormentar a Vera de esa forma?
Josefa Ponce, hirviendo de rabia, le propinó un golpe en el brazo a su hijo:
—¡Deja ya de ser tan blando con ella! ¡Fíjate nada más hasta dónde ha llegado para humillarnos!
—Diego, por el bien de Vera, tienes que darle una lección que no olvide nunca.
Diego levantó la vista, con un evidente cansancio en los ojos:
—Ya mandé investigar, y no hay ni una sola prueba que la incrimine.
—Y, de ser así, no olviden que fue Vera quien mandó engañar a su mejor amiga para enviarla a Trinidad, poniéndola en grave peligro.
—Si seguimos con esta guerra de venganzas no acabaremos nunca. Solo lograremos desgastarnos todos.
Ante esto, a Vera se le llenaron los ojos de lágrimas otra vez por la impotencia.
—Buaaaa, buaaaa...
Quería defenderse a toda costa, suplicarle a Diego que le hiciera justicia, pero con la lengua tan inflamada le era imposible articular palabra.
Diego le palmeó el hombro, con la mirada ensombrecida:
—Lo primordial en este momento es el trigésimo aniversario del Grupo Muñoz.
—Este evento marcará un antes y un después para la empresa. Les pido que, por ahora, se enfoquen únicamente en esto. No quiero más distracciones ni dramas.
Valeria siempre se había enorgullecido de ser astuta y saber tratar a la gente. Con su estatus y sus contactos, si lograba integrarse a los Muñoz, jamás terminaría marginada y rechazada como Amaya.
Estaba convencida de que tanto Josefa como las tres hermanas Muñoz la adorarían y la llevarían en un pedestal.
Con esos pensamientos en mente, Valeria esbozó una sonrisa sumamente calculada.
Luego, miró sutilmente al resto, esperando que sus maduras palabras hicieran que todas valoraran cuánto superaba a Amaya en clase y compostura.
Pero, para su sorpresa, nadie, ni siquiera Diego, se molestó en dirigirle una sola mirada de aprobación.
—Tengo que volver a la oficina para resolver unos asuntos —dijo Diego, cortante—. Vera, recupérate pronto.
Su voz era grave, impregnada de una firmeza que no admitía discusiones:
—Los preparativos para el aniversario no pueden sufrir ningún retraso ni contratiempo. Si alguien causa problemas en estos momentos, juro que no tendré piedad.
Dicho esto, dio media vuelta y salió de la habitación con paso decidido.

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