Romeo tenía la leve sospecha de que al amor de Amaya le faltaba algo, pero rápidamente intentaba calmarse, diciéndose a sí mismo que seguramente solo era la paranoia de un hombre enamorado y el miedo a perder a la mujer que amaba.
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Al ver a Romeo resignado en la otra mesa, Amaya dio un ligero golpecito sobre la madera.
—Muy bien, ya puedes hablar.
Diego levantó la vista lentamente y miró a la mujer que tenía enfrente.
Hacía apenas unos días que no se veían, pero Amaya parecía estar aún más deslumbrante que la última vez.
Lucía una piel radiante y luminosa. Y aunque había ganado unas curvas envidiables, ese detalle solo la hacía ver mucho más atractiva y llena de vida; lucía tan fresca y apetecible como un longán recién pelado. Diego tuvo que hacer un esfuerzo por no quedarse hipnotizado.
Pasó saliva con dificultad, y su tono de voz, junto con su mirada, se suavizaron de manera inconsciente.
—He tomado una decisión. A partir de hoy, he cortado todos los lazos con mi familia. Voy a dedicarme en cuerpo y alma a sacar al Grupo Muñoz del hoyo en el que está metido.
Amaya le respondió con un tono indiferente:
—Qué bueno que al fin te diste cuenta de que tu familia solo era un lastre. Es un paso positivo.
—Pero, a fin de cuentas, eso es un asunto interno de la familia Muñoz. No entiendo por qué sientes la necesidad de discutirlo conmigo.
Diego habló con firmeza:
—Sé que no es de tu incumbencia, pero quería que supieras que por fin entiendo en qué me equivoqué. A partir de ahora, voy a cambiar de verdad.
Amaya asintió:
—Mjm. Reconocer los errores es bueno, pero ¿ya sabes qué vas a hacer al respecto?
Diego, más relajado, explicó:


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