Josefa se interpuso de inmediato:
—Diego, ¿por qué le gritas? La pobre ya tiene suficiente. Romeo se creyó todos esos chismes y desde que regresó la ha tratado con indiferencia. Vera estuvo dos días en el hospital y él ni sus luces.
—¿Ya viste las barbaridades que anda haciendo tu esposa? —continuó reprochando Josefa—. Si Amaya no hubiera empezado con sus chismes y a meter cizaña, ¿tú crees que Vera y Romeo estarían así ahorita?
—¡Vera está tan deprimida que ya no quiere vivir! Y Mateo todavía está muy chiquito. Si a ella le pasa algo, ¿qué va a ser del niño? ¡Diego, rápido, convéncela de que baje! Ella a ti siempre te hace caso, ¡rápido!
Josefa estaba al borde de las lágrimas, con el rostro lleno de angustia.
Diego le lanzó una mirada gélida. En su mente solo resonaban las palabras que Amaya le había contado sobre lo que Josefa había dicho afuera de la sala de partos.
No pudo evitar responderle con sarcasmo:
—Vera hace su teatrito de querer matarse y ahí sí te preocupas por Mateo, pero nunca te he visto tan apurada por tu propia nieta.
Josefa se quedó callada.
¿Qué necesidad tenía de sacar ese tema justo ahora, en lugar de intentar salvar a Vera?
Josefa le hizo señas desesperadas a Diego con los ojos:
—Tú... ¡qué necesidad tienes de hablar de cosas desagradables ahora! ¡Ya dile a Vera que se baje, apúrate!
Diego alzó un poco la mirada y la observó con frialdad:
—¿O sea que, para ti, mi propia hija es un tema desagradable?
—¿Qué clase de abuela eres?
Josefa, roja del coraje, balbuceó:
—Diego, tú...
—Si Vera se quiere tirar por la ventana, el que debe responder no soy yo, sino su esposo —la interrumpió Diego—. A él es al que le deberías estar marcando, no a mí.
—Mamá, de verdad, a ver si ya te cae el veinte. ¡No puede ser que ignores a tu propia nieta y andes todo el día cuidando al nieto de alguien más! ¡Preocupándote por niños ajenos!
El tono de Diego era frío pero cargado de furia. Ahora, por fin, empezaba a entender a Amaya.
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