Apenas Josefa cruzó la puerta, Vera empezó a quejarse en voz alta:
—Diego, siento taquicardia, me duele el pecho, no puedo respirar...
Diego se acercó, se acuclilló frente a ella y la miró con preocupación:
—¿Otra vez te empezó a dar? ¿Traes tus pastillas?
Vera señaló hacia una costosa bolsa que estaba cerca:
—Sí, las traigo ahí en la bolsa.
Diego fue de inmediato a abrirle la bolsa, sacó el frasco de pastillas con familiaridad, tomó una y se la ofreció.
Vera no la agarró, sino que puso cara de berrinche:
—Diego, dame tú el agua.
Diego frunció el ceño:
—Vera, ya te dije que no es buena idea que estemos tan pegados.
Vera se llevó una mano al pecho e hizo una mueca de dolor:
—Diego, de verdad me duele muchísimo el pecho, yo... yo...
Diego suspiró resignado. Le puso la pastilla en la boca, fue por agua y le acercó el vaso a los labios.
Vera se pasó la pastilla sin chistar, cerró los ojos y dio unas palmaditas en el espacio vacío del sofá a su lado:
—Diego, también me duele mucho la cabeza. Desde aquella vez que me tiraron al mar, no se me ha quitado el dolor. ¿Me masajeas las sienes como cuando acababa de dar a luz, ándale?
A Diego se le hizo un nudo en el pecho al escuchar eso:
—¿Te tiraron al mar? ¿Cuándo pasó eso?
—Ese día que me dejaste sola en la playa. De la nada salió un tipo vestido de negro y me sumergió a la fuerza. Tragué un montón de agua y, encima, me advirtió que no llamara la atención.
—¿Qué? —Diego estaba atónito—. ¿Cómo es posible que pasara algo así?


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