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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 74

Apenas Josefa cruzó la puerta, Vera empezó a quejarse en voz alta:

—Diego, siento taquicardia, me duele el pecho, no puedo respirar...

Diego se acercó, se acuclilló frente a ella y la miró con preocupación:

—¿Otra vez te empezó a dar? ¿Traes tus pastillas?

Vera señaló hacia una costosa bolsa que estaba cerca:

—Sí, las traigo ahí en la bolsa.

Diego fue de inmediato a abrirle la bolsa, sacó el frasco de pastillas con familiaridad, tomó una y se la ofreció.

Vera no la agarró, sino que puso cara de berrinche:

—Diego, dame tú el agua.

Diego frunció el ceño:

—Vera, ya te dije que no es buena idea que estemos tan pegados.

Vera se llevó una mano al pecho e hizo una mueca de dolor:

—Diego, de verdad me duele muchísimo el pecho, yo... yo...

Diego suspiró resignado. Le puso la pastilla en la boca, fue por agua y le acercó el vaso a los labios.

Vera se pasó la pastilla sin chistar, cerró los ojos y dio unas palmaditas en el espacio vacío del sofá a su lado:

—Diego, también me duele mucho la cabeza. Desde aquella vez que me tiraron al mar, no se me ha quitado el dolor. ¿Me masajeas las sienes como cuando acababa de dar a luz, ándale?

A Diego se le hizo un nudo en el pecho al escuchar eso:

—¿Te tiraron al mar? ¿Cuándo pasó eso?

—Ese día que me dejaste sola en la playa. De la nada salió un tipo vestido de negro y me sumergió a la fuerza. Tragué un montón de agua y, encima, me advirtió que no llamara la atención.

—¿Qué? —Diego estaba atónito—. ¿Cómo es posible que pasara algo así?

¿De dónde lo conocía Amaya?

Para colmo, Amaya ya no vivía en Villa Los Olivos. ¿A dónde se había mudado? ¿Qué estaba pasando en realidad?

A Amaya le urgía tanto renunciar y firmar el divorcio... ¿Acaso ya había alguien más en su vida?

A Diego se le heló la sangre, sintió que las piernas no le respondían y se dejó caer de golpe en el sofá.

Vera aprovechó para recargar su cabeza en el regazo de Diego, agarró su mano y se la puso en la sien.

Diego estaba tan sumido en sus pensamientos que, por mero instinto, empezó a masajearle suavemente la cabeza a Vera.

Vera cerró los ojos, con una sonrisa de satisfacción.

Estaba a punto de quedarse medio dormida cuando, de repente, se escuchó el ruido de la cerradura de la puerta principal.

Enseguida, un hombre alto y de postura imponente apareció en la entrada. Con una mano en el bolsillo, irradiaba un aura pesada y helada.

Sus ojos clavaron una mirada intimidante y directa justo donde estaban ellos.

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