En la pantalla se mostraba la conversación que Josefa y las demás habían tenido en la sala de estar de Villa Jardín del Edén.
Aparecían sosteniendo copas de champán, riendo a carcajadas, celebrando la muerte de Amaya y planeando cómo arrebatarle la custodia de Reni y robarse toda su herencia.
Sus rostros codiciosos, venenosos y repugnantes se veían claramente en primer plano y se proyectaban en cada rincón del evento.
Ese nivel de bajeza dejó a todos los presentes asqueados.
Los invitados, que hasta entonces no entendían qué estaba pasando, comenzaron a mirarlas con total repulsión.
Al verse en la pantalla, Josefa, Melina y Vera palidecieron al instante y empezaron a temblar descontroladamente.
Ese había sido su momento más íntimo, donde se habían quitado las máscaras y mostrado sus verdaderas intenciones sin ningún tipo de filtro.
Estaban convencidas de que estaban en un espacio privado y seguro, por eso se comportaron de manera tan descarada.
Jamás imaginaron que Amaya había instalado cámaras ocultas en Villa Jardín del Edén para grabar cada una de sus palabras.
Los invitados, que en un principio sentían pena por la tragedia de Amaya —entre ellos, muchos empresarios importantes de Solsepia que habían trabajado con ella— estaban horrorizados.
Al ver semejante vileza en la pantalla, la indignación estalló y los murmullos inundaron la sala.
—¡Es increíble que la familia Muñoz sea tan ambiciosa y moralmente corrupta! ¡No tienen límites!
—Sí, de no ser por estas pruebas irrefutables, nadie creería que estas mujeres son tan cínicas.
—Menos mal que Amaya no murió. Si lo hubiera hecho, estas arpías la habrían dejado en la calle y se habrían llevado hasta el último centavo.

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