Con el cabello alborotado y el rostro descompuesto, Josefa había perdido cualquier rastro de la mujer arrogante y de la alta sociedad que fingía ser hace apenas unos minutos.
Miraba a Amaya con un odio visceral, su pecho subía y bajaba bruscamente, jadeando con desesperación, como un pez fuera del agua.
—¡Amaya... eres una bruja venenosa! ¡Arruinaste a mi familia entera! ¡Vas a pagar por esto!
Josefa gritaba de forma histérica, con una voz tan aguda y desgarradora que ponía los pelos de punta a cualquiera.
Melina y Leonor estaban igual de aterrorizadas, con los rostros pálidos como el papel y las piernas temblándoles tanto que apenas podían mantenerse en pie.
Sin embargo, Amaya ni siquiera se inmutó.
Se limitó a mirar a Josefa en silencio, con la expresión de quien observa a un payaso haciendo el ridículo.
—Señora Ponce, ahorre su saliva.
Amaya entreabrió los labios, su mirada era de puro hielo:
—He grabado todas y cada una de sus calumnias. Todo esto se presentará como evidencia en su contra por difamación y alteración del orden público.
—Guarde sus fuerzas para cuando tenga que discutir con mis abogados en el juzgado.
—Tú...
Josefa sintió que la vista se le nublaba, a punto de desmayarse por la rabia.
Justo en ese momento, se escucharon pasos apresurados y firmes acercándose desde la entrada del salón.
Un grupo de policías uniformados entró con expresión severa, caminando directamente hacia donde estaban Josefa y sus hijas.
—Señora Josefa Ponce, señora Melina Muñoz y señora Leonor Muñoz, quedan bajo arresto. Se les acusa de alteración del orden público, difamación y usurpación de bienes. Por favor, acompáñenos a la delegación.
La voz del oficial al mando no fue un grito, pero llevaba una autoridad absoluta.
Las piernas de Josefa finalmente cedieron y cayó de rodillas al suelo, balbuceando con desesperación:
—¡No... es imposible! ¡No voy a ir a la cárcel!
Melina y Leonor también perdieron el color del rostro, temblando de pies a cabeza sin poder sostenerse.

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