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Adiós al Compromiso, la Falsa Heredera contraataca romance Capítulo 51

Los empleados del evento fueron de inmediato a verificar la invitación de Ofelia Ayala, pero descubrieron que era la más exclusiva que habían emitido. No había ningún error. No tenía nombre, solo letras grabadas en oro puro, lo que resaltaba la categoría del miembro y protegía la privacidad del cliente.

—Señorita Ayala, esta invitación es...

—¡Yo no sé nada! Fue el personal de ustedes quien me trajo hasta aquí, pregúntenles a ellos.

El empleado originalmente quería preguntar si Vera se la había regalado, pero Ofelia no tuvo paciencia para escuchar. Interrumpió al instante, llena de culpa, y le echó la responsabilidad al personal.

Al ver que el pobre trabajador iba a ser reprimido, Vera Ayala, que había estado observando el espectáculo, se levantó y se acercó.

—Perdí mi invitación antes de entrar al salón. Pensé que no pasaría nada si no la llevaba encima, así que no la busqué. No imaginé que terminaría en tus manos.

Vera se acercó a paso lento y recuperó la invitación con total parsimonia.

El rostro de Ofelia palideció hasta volverse de un tono verdoso.

—Vera, lo hiciste a propósito, ¿verdad? ¿Por qué no dijiste afuera que la invitación era tuya? Solo querías verme hacer el ridículo, ¿no es así?

Santiago Ayala se acercó a toda prisa para defender a su hermana.

Vera soltó una risita por lo bajo, como si acabara de escuchar el chiste del siglo.

—Desde luego, es una situación bastante cómica. Jamás imaginé que Ofelia se atrevería a decir con tanto descaro que una invitación que se encontró «tirada» era suya.

El rostro de Ofelia pasaba del blanco al rojo de pura vergüenza. A su alrededor había bastantes personas que habían presenciado la escena desde afuera y ahora murmuraban entre sí.

Los cuchicheos indescifrables la hacían sentir humillada. Miró a Vera con profundo resentimiento y gritó:

—¡Ese auto era de nuestra familia! ¡Usaste el dinero de los Ayala a escondidas para comprar un auto de lujo!

—Si de verdad piensas eso, entonces búscame con los comprobantes de transferencia por ochenta millones de pesos y de inmediato pongo el auto a tu nombre.

Luego de hablar, Vera miró a Santiago.

—De esa manera, el joven Santiago tampoco tendrá que vender su propio auto para conseguir efectivo.

Patricio Heredia, que había llegado con Hugo, ya no aguantó más.

—Regalar un auto de ochenta millones... Vera, ¿desde cuándo eres tan generosa?

Vera lo miró de reojo.

—Siempre he sido generosa. Lo que pasa es que, cuando éramos novios, veía que los regalos que me dabas eran muy baratos. Temía que sintieras demasiada presión, así que, para cuidar tu ego, decidí no presumir mi dinero.

Al escuchar esa ironía, Patricio apretó los dientes de pura rabia.

¿Acaso le estaba diciendo pobre y tacaño?

Hugo Heredia, por su parte, al escuchar la palabra «barato», le lanzó una mirada gélida a Patricio.

Patricio se sintió intimidado al instante y no se atrevió a seguir molestando a Vera.

Solo que aún miraba con resentimiento la silueta del lujoso auto que bajaba de la plataforma de exhibición. ¿A quién planeaba Vera regalarle semejante máquina?

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