Lola no pudo soportarlo más, no pudo enfrentarlos, no así, rota, y salió de esa casa, ahora lo entendía. Todo. Demasiado claro.
Lola secó sus lágrimas con brusquedad.
No porque ya no doliera. Sino porque ya no quería derrumbarse más.
—Se equivocaron conmigo… —dijo en voz baja—. Demasiado.
Hizo una Pausa. Sus ojos se endurecieron.
—Nunca debieron traicionarme.
Respiró profundo. Intentando ordenar el caos.
Pero el dolor seguía ahí.
No podía más, subió a su auto y condujo sin rumbo, pero en ese momento recibió una llamada.
Cuando vio el numero casi se niega a responder, pero lo hizo, porque era la cliente más importante de la empresa Loredo, una cliente que ella había conseguido con gran esfuerzo.
—Señora Garza Sada, me temo que en este momento no puedo hablar.
—Señorita Bárcenas, veo que la verdad por fin salió a la luz.
Lola se quedó perpleja al escuchar esas palabras.
—¿De qué está hablando? ¿Qué sabe usted?
—Lamento que haya tenido que enterarse de esa manera sobre su falso matrimonio. Créame, no era así como esperaba hablar con usted. Veámonos en la cafetería Luna de Abril. Tengo una propuesta que hacerle. Si es tan inteligente como creo, aceptará escucharme.
Lola bajó lentamente el teléfono.
Sus manos seguían temblando.
Acababa de descubrir que su matrimonio era una mentira.
Pero había algo que la inquietaba todavía más.
¿Cómo podía una completa desconocida saberlo antes que ella?
***
Lola condujo hasta la cafetería Luna de Abril.
Estaba a menos de diez minutos de la mansión de sus suegros
Durante todo el trayecto apenas recordaba los semáforos por los que había pasado.
Su mente seguía atrapada en la pantalla de aquella computadora.
Darius casado con Chantal. Su esposo y su hermana casados
Cada vez que recordaba esos nombres juntos, el pecho le dolía otra vez.
Aparcó el auto frente a la cafetería y permaneció inmóvil unos segundos.
Respiró hondo.
No podía seguir llorando. No delante de una clienta.
Entró al lugar.
El aroma a café recién molido inundaba el ambiente.
Eligió una mesa en la terraza, donde una ligera brisa ayudaba a disipar el calor de la tarde.
—Un americano, por favor.
Necesitaba despejar la cabeza.
No podía permitirse perder el control otra vez.
Cinco minutos después, una camioneta negra se detuvo frente al local.
Un chofer descendió primero para abrir la puerta trasera.
De ella bajó una mujer elegante, de unos cincuenta años.
Vestía con sencillez, pero cada detalle de su apariencia hablaba de poder.
No llevaba joyas exageradas. No las necesitaba.
Su seguridad hacía más ruido que cualquier diamante.
Lola la reconoció de inmediato.
María Garza Sada. Una de las empresarias de la industria inmobiliaria más influyentes del país.
Su historia era conocida por todos.
Había nacido en una familia humilde y construido su imperio junto a su esposo.
Después de enviudar, no solo conservó la empresa: la convirtió en una de las constructoras más importantes del país.
María caminó directamente hacia ella. Sonrió apenas.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós ex, lo elijo a él