Lola subió a su auto, vagó por la ciudad, sin saber a dónde ir.
Hasta que triste y dolida, decidió ir a cualquier bar, quería olvidar todo su dolor y no pensó en nada más.
Al llegar, el ambiente era caótico, música estruendose y gente bailando o bebiendo.
Lola no miró o habló con nadie, fue y se sentó en el bar y pidió una copa de vino.
Había intentado convencerse de que estaba bien.
Que no le importaba.
Que Darius ya no tenía ningún poder sobre ella.
Pero el dolor seguía ahí, el amor no se borraba de un día a otro, pero tampoco el dolor que él le había causado.
Por eso bebió. Una copa. Luego otra. Y después otra más.
El alcohol no borraba la traición, pero al menos hacía que por unos minutos doliera menos.
El bartender dejó frente a ella un Martini.
Lola tomó la copa y la observó con una sonrisa triste.
—Brindo por la suerte de ser hombre, señor.
Levantó la copa hacia un desconocido sentado a su lado.
—Felicidades. Rece para que en mi próxima vida también nazca como usted.
El hombre giró la cabeza lentamente.
Y por primera vez en toda la noche, Lola olvidó por un segundo lo que estaba sintiendo.
Era imposible no notar su presencia.
Ese hombre elegante y sexy, tenía facciones marcadas, cejas oscuras, ojos claros de un verde profundo que contrastaban con su piel morena. Sus labios eran firmes y su expresión tranquila, como si estuviera acostumbrado a observar antes de hablar.
Levantó su vaso de coñac.
—Salud.
Hizo una pausa.
—Aunque debo preguntar... ¿tan mala considera la vida siendo mujer? —exclamó ese hombre, mirándola fijamente.
Lola soltó una pequeña risa.
Bebió un sorbo de su Martini.
—No. Ser mujer es maravilloso.
Miró su copa.
—Pero también puede ser agotador.
El hombre la observó con curiosidad.
Lola levantó su mano y mostró su anillo de matrimonio.
—Mire esto.
Sus ojos se oscurecieron ligeramente.
—Un hombre puede coquetear con una mujer y todos dirán que es encantador. Que es un hombre seguro de sí mismo. Un conquistador.
Bajó la mirada hacia el anillo.
—Pero si una mujer hace algo parecido, aunque su matrimonio haya sido una mentira, aunque haya sido traicionada... entonces ella será una puta.
Tomó otro trago y se quitó el anillo dejándolo sin interés sobre la barra, como si ya no importara.
—La llaman de cualquier manera.
El hombre permaneció en silencio.
Lola sonrió con tristeza.
—¿Lo ve? La vida nunca ha sido completamente justa para nosotras.
Él la miró durante unos segundos.
Luego sonrió.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós ex, lo elijo a él