Para facilitar la tarea, Alejo sentó a Otilia en el borde del lavamanos. Como si estuviera aplicando cemento, el hombre le untó el desmaquillante por toda la cara. Aunque a ella le resultaba incómodo, no se atrevía a decir nada, temiendo que si abría la boca, le metería el producto directamente.
Justo cuando él se dio la vuelta para buscar una toalla y limpiarle la cara, Otilia aprovechó la oportunidad para hablar.
—Alejo, ¿tú sabes cómo desmaquillar? Tienes que emulsionarlo con agua tibia para que se limpie bien, así se quita todo por completo.
Alejo soltó un bufido.
—Cuántas exigencias. ¿Y cómo se emulsiona eso?
—Pues, con un poco de agua tibia... —Otilia lo dirigía mientras él la desmaquillaba, intercalando algunas frases sin sentido—. Tienes que aprender, si no, ninguna mujer querrá casarse contigo.
—Ja... —Había oído hablar de dar regalos, comprar carros y casas para casarse, pero nunca de que el novio tuviera que saber desmaquillar—. ¿Y de quién se supone que aprenda? ¿De Kevin o de Bob?
—De Bob no. Bob es un tronco, no sabe cómo hacer feliz a una mujer.
Alejo lo había dicho sin pensar, pero no esperaba que Otilia le siguiera la conversación, casi como si le estuviera dando consejos de experta.
El hombre endureció el rostro y preguntó con una sonrisa que no llegaba a sus ojos:
—Entonces dime, ¿quién no es un tronco?
Esa pregunta, Otilia se la sabía de memoria. Emocionada, empezó a recitar varios nombres, pero luego su ánimo decayó y se encogió.
—Aunque hace mucho que no voy, ¿quién sabe si todavía estarán allí?
—Por cómo lo dices, parece que lo lamentas bastante, ¿no?
Otilia bajó la cabeza y no dijo nada.
Alejo esperó un par de segundos, luego le tomó la barbilla para levantarle la cara y, al verla, casi se ríe de la rabia. Perfecto, tenía los ojos cerrados.
Bajo la luz, el rostro de la mujer, libre de maquillaje, tenía un ligero rubor. Quién sabe si estaba realmente dormida o si fingía por culpa.
La bañera ya estaba llena. Alejo la llevó en brazos y, tras pensarlo un momento, la llamó en voz baja:
—Outi, despierta...
En medio del vapor, la voz del hombre sonaba un poco ronca. Llevaban más de un año juntos, pero la mayor parte del tiempo Otilia había estado pensando en cómo deshacerse de él. Aunque había habido momentos de pura química, nunca habían llegado hasta el final.
Otilia se despertó con sus sacudidas. Con gran esfuerzo, frunció el ceño y abrió los ojos, su mirada perdida y sin expresión se posó en el rostro de él.
—¿Te quitas la ropa tú o te la quito yo? —preguntó Alejo.
Estando ella tan borracha, no esperaba que pudiera bañarse sola. Su plan era simplemente mojarla un poco, sacarla y así callarle la boca para poder dormir en paz.
No supo qué palabra la activó, pero Otilia, que hasta entonces había estado como en trance, de repente sonrió. Entrecerró los ojos como una zorrita y, extendiendo la mano, le tocó el pecho con la punta de los dedos.
—Nos bañamos juntos, ¿no? Mira, ya estás todo mojado.
Aunque sabía que se refería a su camisa, Alejo no pudo evitar pensar mal. Sus ojos se oscurecieron al instante, su nuez de Adán subió y bajó, y tardó un buen rato en poder articular dos palabras con voz ahogada:
—Outi.
Mil pensamientos se agolparon en su mente, y la mano que la sostenía se aflojó un poco.
Así, Otilia, que un segundo antes sonreía seductoramente, de repente se tambaleó, perdió el control y se fue de cabeza a la bañera llena de agua.
*Glug, glug, glug.*
La bañera era resbaladiza y no había nada de qué agarrarse. Además, con el cuerpo debilitado por el alcohol, Otilia tragó varias bocanadas de agua.
Alejo, que siempre mantenía la calma ante cualquier desastre, se apresuró a sacarla del agua.
Otilia se aferró a su brazo, jadeando, con el pelo revuelto pegado a la cara y los ojos enrojecidos por el pánico de casi ahogarse. No quedaba ni rastro de su anterior seducción.

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