Sileida, con el rostro hinchado y llorando a lágrima viva, dijo:
—Iker, vine a traerte la ropa que se te quedó el otro día, y creo que mi hermana lo malinterpretó...
Las familias Sánchez y Agudo vivían en el mismo complejo residencial y eran muy cercanas. Iker, cinco años mayor que Sileida, prácticamente la había visto crecer. Su relación era, naturalmente, más estrecha que con Yolanda, que había llegado a la familia mucho más tarde.
Iker miró la chaqueta en manos de Sileida y, al ver que Yolanda no negaba sus palabras, frunció el ceño.
—Se me quedó el otro día en el Club Carpe Diem. Si te molesta, tírala y ya está, no tienes por qué pegarle.
Yolanda se acercó a él con paso seguro y, mirándolo a los ojos, sonrió.
—Si ella dijera que la porquería del baño sabe bien, ¿tú también irías a probarla?
Incluso diciendo algo tan vulgar, Yolanda mantenía una elegancia impecable. Con un traje tradicional, parecería una dama de alta cuna, con modales y una postura irreprochables.
Le sacó el bajo de la camisa del pantalón a Iker y, con la misma mano con la que había abofeteado a Sileida, se limpió meticulosamente, desde los dedos hasta la palma, sin olvidar ni el espacio entre ellos. Luego, ordenó en voz alta:
—Susana, trae el regalo del que hablé para la señorita Sileida. Y elige uno bueno, de los que les gustan a las mujeres.
Dicho esto, soltó la camisa de Iker, que costaba el sueldo de un año de una persona normal y que ahora estaba hecha un gurruño.
Iker miró su camisa arrugada, y su TOC se disparó.
—¿Qué nuevo juego te traes entre manos?
Sileida la miró con los ojos llenos de lágrimas, con aspecto de haber sido terriblemente maltratada.
—Hermana...
Susana bajó rápidamente. Miró primero a Yolanda, luego a Iker, y dudó antes de entregar el paquete que llevaba.
Iker, que no había relajado el ceño desde que bajó, sintió un mal presentimiento al ver su expresión.
—¿Qué es esto?
Preguntó mientras lo tomaba. Echó un vistazo dentro de la bolsa y su rostro se ensombreció al instante.
—Yolanda...
Esas dos palabras salieron de entre sus dientes apretados. Las venas de su cuello se marcaron, su pecho subía y bajaba con agitación y sus nudillos se pusieron blancos, todo indicando su deseo de hacerla pedazos en ese momento.
La única persona en el mundo capaz de sacar de sus casillas al siempre elegante jovencito Iker era Yolanda.
El regalo que le había pedido a Susana que le diera a Sileida eran sus calzoncillos.
Sileida, al ver la reacción de él, sintió curiosidad por el regalo de Yolanda. Aunque sabía que seguramente no era nada bueno, se acercó para ver.
—¿Qué me regaló mi hermana?
Iker cerró la bolsa, con el rostro aún sombrío.
—Nada.
—Los calzoncillos de tu cuñado —dijo Yolanda.
Ambos hablaron al mismo tiempo, y un silencio denso llenó la habitación.
Iker arrojó la bolsa y su contenido a la basura, reprimiendo la ira que le subía por dentro.
—Sileida, vete a casa.
Sileida se mordió el labio.
—Iker, me voy a comprometer...
Apenas había empezado a hablar, cuando Yolanda le lanzó una bomba:

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