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Yolanda acababa de salir del baño cuando un grupo de personas le cerró el paso. Al ver esas caras conocidas, enarcó ligeramente una ceja mientras los recuerdos enterrados emergían de su mente.
Un callejón sucio y viejo. El mismo grupo de gente la había acorralado, burlándose con arrogancia: —¿Tú, una pobretonga salida de un pueblo perdido, te atreves a meterte con Sileida? No sé en qué estaban pensando mis tíos para adoptarte.
—Ah, es que no entiendes. A lo mejor tiene algún talento oculto. Ya sabes, algunas no ven a su padre adoptivo como un padre, sino como otra cosa.
Las palabras sucias y repugnantes que salían de sus bocas extinguieron la pequeña llama de esperanza que Yolanda había comenzado a sentir por su nueva vida.
Apoyada contra la pared desconchada, bajó la cabeza y no dijo nada. Creyendo que tenía miedo, se volvieron más descarados. Finalmente, no contentos con las agresiones verbales, empezaron a agredirla físicamente.
Eran demasiados y ella no podía contra todos, así que se aferró al que parecía el líder y lo golpeó con todas sus fuerzas. Yolanda no sabía pelear, no tenía técnica; solo la movía una furia desesperada. En ese entonces, estaba desnutrida y débil por la falta de ejercicio y de sol; era delgada como un espárrago. Rápidamente la sometieron en el suelo.
Ella no salió bien librada, pero al que golpeó tampoco le fue mucho mejor. El muchacho se levantó del suelo, apartó con rabia a los demás y le pisó la cara con fuerza. —No creas que porque la familia Agudo te adoptó, ya eres una de ellos. Te digo una cosa: aunque te mate aquí mismo, mis tíos ni se van a inmutar.
—¿Acaso crees que por haberte casado con Iker ya eres la verdadera señora Sánchez?
Una frase similar la trajo de vuelta al presente. Miró a la mujer que tenía delante, con los brazos cruzados y un maquillaje impecable. No era la misma que la había liderado en el acoso de aquel entonces, pero sin duda eran del mismo tipo, con la misma forma de actuar.
—Si yo no soy la señora Sánchez, ¿entonces lo eres tú? ¿O Sileida?
—A Iker no le gustas para nada. Si tuvieras un poco de vergüenza, te apartarías por tu cuenta.
Esa táctica de provocación barata podría funcionar con alguien de mucho orgullo, pero con Yolanda no tenía ningún efecto. Respondió con indiferencia: —No tengo vergüenza.
—... —A la mujer le temblaban las manos de la rabia—. Ve ahora mismo a disculparte con Sileida y prométele que no volverás a molestarla. Si no, te atendrás a las consecuencias.
Había que admitirlo, Sileida tenía un don para las relaciones públicas. Siempre había alguien que, al verla con los ojos llorosos, saltaba a defenderla.
Yolanda tenía que reconocer que ese talento le provocaba un poquito de envidia.
Su rostro se ensombreció. —La próxima vez, dile que te ponga un collar y una correa. Sabes que ahora andan recogiendo a los perros callejeros y...
Antes de que pudiera terminar la frase, Yolanda sintió el viento de una bofetada y, sin pensarlo, le dio una patada que mandó a la mujer al suelo.
La mujer cayó con un ruido sordo, agarrándose el estómago mientras las lágrimas le brotaban de dolor. —¡Yolanda, te atreviste a pegarme! ¡Mi papá no te lo va a perdonar!
Su grito agudo resonó por todo el pasillo. Los que la acompañaban reaccionaron finalmente y, soltando groserías, se abalanzaron sobre ella.
Pero la Yolanda de ahora ya no era la flacucha debilucha que podían someter con un par de empujones. Aunque había dos hombres en el grupo, los derribó a todos.
Cuando Iker llegó, encontró a Yolanda pisando la cabeza de uno de ellos, inclinada para mirarlo a los ojos.
Llevaba un vestido largo con una abertura lateral que dejaba entrever una de sus piernas brillantes. El empeine de su pie estaba ligeramente arqueado. El hombre bajo su pie tenía la cara hinchada y amoratada, con una mezcla de lágrimas y mocos.
La mirada de Iker se clavó en ella, profunda e indescifrable. Pasó un momento antes de que hablara. —Yolanda...
Ella giró la cabeza hacia el sonido de la voz. También estaba herida; tenía un moretón en la mejilla y el pómulo, y un hilo de sangre le corría por la comisura de los labios. Sobre su piel brillante, la más mínima herida parecía alarmante.

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