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¡Adiós! MI ESPOSO SIN DESEO romance Capítulo 755

Al llegar a casa, Yolanda subió directamente a su habitación. Frente al espejo, vio cómo se había hinchado la mitad de su cara y frunció el ceño con fuerza. En el momento pensó que solo había sido un roce, pero no esperaba que fuera tan grave. Definitivamente, les había pegado muy suave.

Después de ducharse, se secó la cara con cuidado y pensó en ir a la cocina a hervir un huevo para aplicárselo, pero justo al abrir la puerta, se encontró con Susana, que estaba a punto de tocar.

Al ver su rostro herido, la expresión de Susana cambió por completo. —¡Ay, Dios mío! ¿Qué le pasó? ¿No salió con el señor? ¿Cómo se lastimó así? ¡Se ve muy grave!

—No es nada, una heridita de nada —dijo Yolanda.

La preocupación genuina en el rostro de Susana le provocó una oleada de calidez, pero no estaba acostumbrada a recibir la amabilidad de otros, incluso la rechazaba un poco.

Parecía que había nacido con una maldición. Desde pequeña, a cualquiera que la trataba bien le terminaba yendo mal. Por suerte, no había muchas personas que le mostraran afecto, así que no tenía que cargar con demasiada culpa.

Al ver que Susana seguía mirándola con preocupación, Yolanda desvió la mirada, incómoda. —Con un poco de hielo se me pasa.

Trataba de parecer distante, pero su voz se suavizó inconscientemente.

Susana frunció el ceño, desaprobando. —¿Cómo que una heridita? Tiene la cara morada e hinchada.

—Señora, no lo tome a la ligera. La cara de una mujer es muy importante, no puede descuidarla. Si le queda una cicatriz, después se va a arrepentir.

Hacía mucho tiempo que nadie le hablaba así. Escuchando su parloteo incesante, no sintió ni una pizca de fastidio.

—¡Ah, por cierto! —Susana se dio una palmada en la cabeza, recordando por qué había subido—. El señor llamó al doctor Medina para que viniera a revisarla. Ya está abajo esperando.

Yolanda se quedó perpleja. —¿El señor lo llamó?

Sospechó que Susana estaba mintiendo para tratar de reconciliarlos, ya que siempre decía cosas como: «Entre marido y mujer, no hay pelea que dure; hay que ceder para que la relación funcione».

—¡Claro que sí! Es que el señor se preocupa por usted. Escuché que el doctor Medina se había ido con su familia a una finca por las afueras, y para llegar aquí se tardaría al menos dos horas. Que haya llegado tan rápido significa que el señor lo llamó en cuanto usted se lastimó. Entre esposos no hay obstáculo que no se pueda superar. A ustedes les falta comunicación y les sobra orgullo, por eso su relación es tan fría.

No sabía qué problemas había entre el señor y la señora, pero le dolía ver a Yolanda tan sola. Llevaba dos años trabajando en esa casa y, aparte de la hermana menor que venía de vez en cuando a buscar problemas, nunca había visto a ningún otro familiar o amigo visitar a la señora.

Un par de veces, la señora se había enfermado tanto que no podía levantarse de la cama, y fue ella quien, al ver que no bajaba por la mañana, se dio cuenta de que algo andaba mal y subió a tocar la puerta para descubrirlo.

Al ver que Yolanda no decía nada, Susana le dio algunos consejos más, fruto de sus años de experiencia matrimonial. Yolanda la escuchó en silencio, sin interrumpirla.

Abajo, el doctor Medina, tras examinar sus heridas, le recetó un medicamento para la inflamación y los moretones y le dio algunas indicaciones.

Susana acompañó al doctor hasta la puerta y, al volver, vio a Yolanda con el medicamento en la mano, a punto de subir las escaleras. Rápidamente fue a la cocina y le trajo un vaso de leche. —Señora, ya que va a subir, ¿podría llevarle este vaso de leche al señor?

Yolanda miró el vaso que le ofrecían y no se negó.

En el estudio, Iker estaba revisando unos documentos urgentes que le había enviado su asistente. Al oír que tocaban la puerta, dijo «adelante» sin levantar la vista.

Al escuchar unos pasos diferentes a los habituales, levantó la cabeza y vio a Yolanda entrando con el vaso de leche. Su mirada recorrió la mitad amoratada de su rostro y frunció el ceño con impaciencia. —¿Qué haces tú aquí?

Yolanda nunca entraba a su estudio.

—Iba a subir y Susana me pidió que te lo trajera.

Y cuando se irritaba, quería fumar.

—Ya te lo dije, estoy cansada de este matrimonio de viuda.

—¿De viuda? —Iker soltó una bocanada de humo. Detrás de la cortina de humo, sus ojos se entrecerraron—. ¿Acaso te ha faltado comida o techo? ¿O es que no te satisfago en la cama y por eso te sientes tan sola y vacía?

—Tú no querías casarte conmigo, fui yo la que te obligó. Ahora que quiero el divorcio, ¿no deberías estar ansioso por aceptarlo?

Los ojos de Iker se llenaron de burla. —¿Es la primera vez que pides el divorcio?

—...

—¿Ya olvidaste lo que dijiste la última vez? Ya me hiciste el cuento del lobo una vez. ¿Crees que te voy a creer una segunda?

Yolanda ya había mencionado el divorcio antes. Iker había aceptado e incluso le había pedido a su asistente que preparara los papeles. Pero ella, delante de él, había roto el acuerdo firmado en mil pedazos, diciéndole que, en esta vida, el puesto de señora Sánchez solo podía ser suyo.

Dado su tono en ese momento, el hecho de que Iker no le hubiera pegado demostraba su enorme caballerosidad. Ella no pudo evitar suspirar. —En ese entonces, era realmente odiosa.

—La de ahora no se queda atrás —respondió él con frialdad.

—Esta vez es en serio. Tuve un sueño. Un ángel me dijo que merecía ser feliz.

Iker la miró sin decir una palabra, pero su expresión lo decía todo: *¿De verdad crees que me voy a tragar eso?*

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