Al día siguiente, después de dejar a su hija en el kínder, Lina tomó un taxi hacia el Registro Civil.
Desde que se casó con Vicente, no había vuelto a trabajar; él se hacía cargo de todos los gastos de la casa.
Aún le quedaban algunos ahorros de antes de casarse, suficientes para mantenerse a ella y a su hija por un tiempo.
Además, buscaría un trabajo para cubrir sus gastos.
Llegó poco después de las ocho.
Se quedó en un rincón de la entrada, observando a la gente que entraba y salía.
Algunos se veían enamorados, otros discutían amargamente antes de tomar caminos separados.
Al verlos, no pudo evitar recordar el día en que ella y Vicente obtuvieron su certificado de matrimonio, cinco años atrás.
Sostenía el documento con ilusión y, cuando se disponía a hablar con él, se encontró con su rostro endurecido y una mirada fría, cargada de desprecio.
—Usaste todas tus artimañas para conseguir este puesto, y finalmente lo lograste. Ahora, asegúrate de mantenerte bien firme en tu lugar de señora Navarro.
La forma en que pronunció «señora Navarro» estaba llena de malicia.
Nunca había olvidado la expresión de odio con la que la miró ese día.
Y fue a partir de entonces que comprendió que, para él, no era más que una mujer manipuladora, malvada y egoísta.
Pero a lo largo de los años, no podía evitar preguntarse: ¿cómo habían llegado a ese punto?
¿Acaso no se habían amado alguna vez?
No lo entendía. Hubo un tiempo en que él la trataba con la misma devoción que ahora mostraba por Tania.
Besó sus cejas, sus mejillas, sus oídos, y susurró palabras de amor en sus labios.
Realmente no entendía por qué había cambiado de actitud tan de repente.
¿Por qué había roto con ella para comprometerse con la familia Aguilar, sin siquiera darle una explicación?
No podía comprenderlo y, por un tiempo, llegó a pensar que el problema era ella.
Sabía que sus mundos eran demasiado diferentes y, aunque la ruptura la destrozó, nunca pensó en aferrarse a él.
Aquella noche fue un caos. Incluso ahora, no se atrevía a recordar con detalle la escena al despertar a la mañana siguiente.
«Lina, ¿tan desesperada estás por subir de estatus?».
«Vienes de una familia humilde, ¿y recurres a drogar a la gente? ¡Qué patética eres!».
La mirada de Vicente permaneció fija en la ventana; no tenía intención de contestar.
Lina, luchando contra el malestar, llamó a Vicente, pero aunque el teléfono sonó, nadie respondió.
Aquello era lo habitual.
Así que no le quedó más remedio que llamar a su asistente, Luis.
Luis miró el nombre en la pantalla y luego alzó la vista hacia el retrovisor.
—Ejem, señor Navarro, es la señora.
—Contesta.
—Sí…
Luis activó el altavoz.
—Hola, señora. ¿En qué puedo ayudarla?
—Hola, Luis. Disculpa que te moleste. ¿Estás con él ahora?
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