C10-LAS ZORRAS NO SE CONVIERTEN EN LUNA.
Elizabeth bajó la cabeza, sintiendo cómo la vergüenza le quemaba las mejillas. No necesitó que nadie se lo confirmara. Lo supo en cuanto la vio: ella era la luna de Gideon. Por la manera en que la había mirado, la seguridad con la que caminaba, el tono venenoso de sus palabras…
Todo encajaba.
Narissa se acercó con pasos lentos y calculados, la miró de arriba a abajo, con desprecio tras una sonrisa educada, pero por dentro le hervía la sangre.
Elizabeth era joven.
Hermosa, mucho más que las anteriores. Las otras habían sido vulgares, algunas incluso mayores, fáciles de controlar y fáciles de olvidar, pero esta tenía algo distinto.
Aun así, fingió indiferencia.
—Escúchame bien, porque no lo voy a repetir. No te confundas, estás aquí para una sola cosa. —Le sonrío con burla. —Abrir las piernas cuando él lo desee.
Elizabeth tragó saliva, con el pecho oprimido.
—Así que… no te conviene enamorarte, no caigas en esa tonta fantasía, porque… no eres especial.
Después de eso, pasó por el lado como si fuera un mueble anticuado y, antes de irse, añadió.
—Las zorras no se convierten en luna.
Elizabeth se quedó sola en medio del pasillo, sintiéndose más pequeña que nunca. El corazón le latía con fuerza, por rabia, impotencia y humillación.
—No llores… —susurró—. No lo hagas...
Entonces, una voz seca la sacó de su flagelo.
—¡¿Ey tu, qué haces parada ahí como una estatua?!
Elizabeth se giró, sobresaltada, y vio a una mujer mayor que se acercaba, tenía todo el porte de un ama de llaves de alto rango.
—¿No tienes trabajo? —le espetó sin siquiera saludar—. ¿Crees que estás aquí para mirar el techo?
Elizabeth negó con la cabeza, bajando la mirada.
—No, señora.
—Entonces muévete. La cocina necesita limpieza. Lava los trapos, los cubiertos, las ollas y, cuando termines, te vas al ala este a fregar el suelo del pasillo con cepillo y agua fría. Quiero ese piso brillante. ¿Entendiste?

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