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AMANTE CONTRATADA DEL ALFA: ¡HUYÓ CON SUS CACHORROS! romance Capítulo 9

C9-¿ESPERABAS QUE TE DIERA LOS BUENOS DÍAS?

Elizabeth desvió la mirada hacia un punto muerto de la habitación.

Gideon apretó la mandíbula. Su pecho subía y bajaba con fuerza, pero no por placer… sino por rabia, por algo que no entendía, por una culpa que no pidió sentir.

—Maldita sea —escupió, alejándose—. ¿Por qué no dijiste nada?

Elizabeth cerró los ojos y se cubrió con la manta, como si eso pudiera protegerla de sus palabras, de su mirada, de lo que acababa de pasar.

—¿Para qué? —susurró—. ¿Habría cambiado algo?

Gideon no respondió, pero la pregunta le dolió más de lo que aceptaría. Porque la respuesta era no. Ya había tomado lo que quiso, lo que creyó que ella ofrecía como parte del trato. Pero ahora… ahora no podía sacarse esa imagen de la cabeza.

Su cuerpo tembloroso.

La sangre.

Su sangre.

Y eso lo jodía.

Sin decir nada, agarró su bata del suelo y se la puso con brusquedad; luego caminó hacia el baño, pero antes de cerrar la puerta, habló una vez más.

—Mañana empiezas en la cocina. Y vendrás a mi habitación por la noche y recuerda, ni una palabra a nadie.

Luego entró y cerró la puerta tras de sí.

Elizabeth seguía en la cama, sin moverse, la manta cubría su cuerpo, pero no su vergüenza y una lágrima rodó por su mejilla sin permiso. Pero antes de que pudiera seguir su camino, la secó con el dorso de la mano, con una firmeza que no tenía minutos antes, y cerró los ojos un segundo, inspirando hondo.

—Ya está hecho, Elizabeth. Ya no hay vuelta atrás… al menos Melinda está a salvo.

Mientras tanto, al otro lado de la puerta, Gideon permanecía frente a un espejo, sus manos se aferraban al borde de la tina de cobre, miró su reflejo distorsionado; el dorado de sus ojos brillaba más intenso, encendido, como si su lobo estuviera al borde.

Y lo estaba.

«¿Por qué no la marcaste? Es nuestra.»

Cerró los ojos y una punzada le cruzó el pecho.

«¡La tomaste! ¡La tomaste y no la marcaste! —rugía su lobo desde dentro, desbocado y hambriento—. No es una cualquiera. Es ella. ¡Ella!»

Gideon apretó más los bordes de la tina, tanto que el metal crujió bajo sus manos.

«No puedo marcarla… —respondió, luchando por imponerse a su otra mitad—. Y no puedo amarla. No tengo permitido hacerlo, por su bien… no puedo amarla.»

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