C107- NUNCA MÁS ME PIDAS QUE ME VAYA.
La bestia dentro de ellos había tomado el control, borrando todo pensamiento humano y dejando solo un instinto puro y abrasador. La loba de Elizabeth surgió con una fuerza arrolladora, alzando el hocico en un gemido largo y gutural que era a la vez sumisión y victoria, ofreciendo su garganta a su macho. Y Gideon respondió con un rugido profundo y triunfal que vibró en el aire, sellando su conexión en un lenguaje ancestral.
Con un movimiento fluido, se llevó consigo a Elizabeth, aún profundamente unido a ella, y se tumbó sobre la cama, colocándola encima. Sus ojos, dorados, la miraban llenos de devoción por su hembra.
—Ahora muéstrame. Muéstrame lo mía que eres —su voz era una caricia áspera y llena de promesa.
Embriagada por el poder de la posición y por la ferocidad de su propia loba, Elizabeth se volvió más descarada. Apoyó las manos en su pecho duro y cubierto de sudor y la sensación de sus abdominales definidos bajo sus palmas, la fricción áspera de su vello contra su piel sensible, la encendió aún más.
Y entonces, empezó a moverse.
Cabalgó sobre él con una energía salvaje, encontrando un ritmo circular y profundo que hacía que Gideon cerrara los ojos y emitiera un gruñido de aprobación y para llevarlo al límite, se inclinó hacia atrás, apoyando las manos en sus muslos, exhibiéndose sin vergüenza, sintiendo los potentes músculos de sus piernas tensarse bajo sus palmas con cada embestida.
La fricción era eléctrica; el sudor los hacía resbalar, haciendo sus cuerpos pegajosos y ardientes.
Y ese descaro lo enloqueció.
—Así... así, mi loba —la alentó, con la voz ronca por el placer—. Así me gusta.
Pero Gideon sintió que su control se fracturaba y todavía quería más, mucho más, así que con un rugido gutural, la giró sobre la cama, colocándola de nuevo debajo de él. La embistió de nuevo y su ritmo se volvió frenético, brutal, necesario. La cama golpeaba contra la pared con un impacto violento y rítmico, llevándolos a ambos al borde del abismo.
Jadeando, con cada embestida que resonaba en sus cuerpos, él le ordenó al oído:
—Mi nombre. Grita mi nombre, Elizabeth. Que todo el mundo sepa quién te hace venir.

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