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AMANTE CONTRATADA DEL ALFA: ¡HUYÓ CON SUS CACHORROS! romance Capítulo 108

C108- SACÁME DE AQUI, POR FAVOR.

Y afuera Draxel estaba frente a la puerta, su mandíbula estaba tensa, los ojos fijos en la madera como si quisiera atravesarla, y aun así no se movió, escuchando todo, cada gemido ahogado de Elizabeth, la respiración áspera de Gideon, el ritmo frenético que golpeaba contra sus oídos como dagas.

¿Por qué no se iba? ¿Por qué seguía torturándose?

Su rostro no mostró emoción, no había enojo, ni siquiera sorpresa, solo un vacío helado que se fue llenando de un dolor lento y sofocante, porque cada gemido de ella era un recordatorio cruel de que no era a él a quien entregaba su cuerpo, no era a él a quien llamaba con ese tono quebrado que parecía implorar y rendirse al mismo tiempo.

Sus puños se cerraron y aguantó un segundo más, como si necesitara asegurarse de que lo que escuchaba era real, y luego giró en seco y se fue sin mirar atrás.

Bajó las escaleras de dos en dos y Tobias, que estaba en el salón junto a un par de sirvientas, frunció el ceño cuando vio su expresión, era tan dura que ninguno se atrevió a preguntar.

Pero Tobias entendió demasiado sin necesidad de palabras.

Draxel cruzó la sala sin detenerse y afuera, el aire golpeó su rostro, pero no lo calmó. Subió a su auto, encendió el motor y cerró los dedos con tanta fuerza en el volante que temblaban y sus ojos, usualmente fríos, estaban enrojecidos, llenos de lágrimas contenidas que se negaba a dejar salir.

Apretó el acelerador con violencia y el auto rugió, devorando el camino frente a él. La carretera se convirtió en una vía de escape, aunque sabía que ni la velocidad ni la distancia borrarían el sonido que lo había destrozado. Pronto las lágrimas se mezclaron con la rabia en su garganta, y el dolor se hizo insoportable, porque Draxel lo entendía ahora: no importaba cuánto lo intentara, Elizabeth ya estaba marcada por otro.

Condujo hasta detenerse en un club nocturno.

La música era un latido ensordecedor y el rincón más oscuro del salón vip, alejado del epicentro de la fiesta, estaba Draxel. Su postura era un espectáculo de derrota, mientras sujetaba un vaso de whisky con los nudillos blancos.

No estaba inconsciente, no del todo. Pero el alcohol había nublado los bordes más afilados de su dolor, convirtiendo la agonía en un zumbido sordo y pesado en su pecho, pero su mente estaba terrible y claramente despierta, repitiendo en bucle cada gemido, cada sonido que había destrozado su mundo horas antes.

Tenía la mirada perdida en el líquido ámbar de su vaso, pero no veía nada. Su elegante traje estaba arrugado, y su cabello, usualmente impecable, estaba desordenado, como si se hubiera pasado las manos por él una y otra vez.

En la entrada, un grupo de mujeres reía. Sofia Blackwood estaba entre ellas, con un vestido negro que resaltaba su figura. Iban directo a su mesa, pero ella se detuvo en seco, porque su mirada se clavó en la espalda encorvada al final del salón.

Y aunque solo era una silueta, lo reconoció al instante.

—¿Draxel?

—¿Vienes, Sofi? —gritó una de sus amigas sobre la música.

Ella ni las miró.

—Adelántense. Ya voy —dijo, y sus pasos la llevaron hacia él antes de que pudiera pensarlo mejor.

Al acercarse, el corazón se le encogió. Vio la botella de whisky casi vacía, la ropa deshecha, la mirada perdida en un punto fijo del suelo. Se veía destrozado.

No borracho, sino… vacío.

—Draxel —llamó, su voz más firme esta vez—. ¿Eres tú?... Diosa, estás hecho polvo.

Él alzó la vista lentamente y sus ojos, normalmente violetas y penetrantes, estaban enrojecidos, vidriosos. No de alcohol, sino de algo más profundo.

Dolor.

Y a ella se le partió el alma de solo verlo.

—¿Qué… qué tienes? —preguntó, y su mano voló instintivamente a tocarle el brazo.

Él se estremeció con el contacto, pero no se apartó. La miró como si no terminara de reconocerla, como si ella fuera un fantasma en medio de su pesadilla.

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