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AMANTE CONTRATADA DEL ALFA: ¡HUYÓ CON SUS CACHORROS! romance Capítulo 8

C8- LA POSESIÓN DE UN LOBO.

El aire en la habitación pesaba, cargado de tensión. Elizabeth podía escuchar el latido de su propio corazón, acelerado, mientras Gideon la observaba con esos ojos dorados que parecían verlo todo.

Y antes de que pudiera responder, la boca de Gideon se cerró sobre la suya con un beso devorador, duro y exigente. No había dulzura, solo necesidad cruda. Elizabeth intentó resistirse, pero sus labios se abrieron bajo la presión de él, dejando que su lengua invadiera y reclamara.

Porque en ese momento, Gideon no pedía, tomaba.

Una mano se enredó en su pelo, tirando con suficiente fuerza para hacerla arquearse, y el dolor se mezcló con algo más, algo que le hizo temblar. Él lo notó y un gruñido escapó de su pecho mientras su otra mano descendía, agarrando su cintura con fuerza casi brutal.

—Te he esperado demasiado —susurró contra su boca—. Y ya no voy a esperar más.

Elizabeth sintió el miedo y la excitación enredarse en su estómago. Nunca había estado con nadie, nunca había sentido algo así. Pero Gideon no iba a detenerse, porque eso era lo que veía en sus ojos, en la manera en que sus músculos tensos temblaban, como si apenas pudiera contenerse.

No hubo preámbulos.

Sus manos le arrancaron la bata con impaciencia y los jirones de tela cayeron al suelo. Cuando quedó desnuda bajo su mirada, ella intentó cubrirse, pero él le agarró las muñecas, clavándolas sobre el colchón.

—No —dijo con la voz áspera—. No te escondas, quiero ver por lo que he pagado.

Ella tragó saliva, sintiendo la vergüenza y el calor de su cuerpo sobre el suyo, al mismo tiempo que la dureza de su entrepierna presionando contra su muslo. Gideon no era hombre de esperar, por lo menos no con ella; le quedó claro cuando bajó los labios a su cuello y mordió con suficiente fuerza como para dejar una marca, pero no la que da un alfa a su compañera.

—Gideon —gimió ella, pero él no se detuvo.

Sus manos recorrieron su cuerpo con posesividad, apretando, marcando. Cada toque era una reclamación y cuando sus dedos encontraron su sexo, Elizabeth jadeó, arqueándose, porque estaba húmeda a pesar de todo, y eso hizo que Gideon sonriera con satisfacción salvaje.

—Sabía que lo querías —murmuró, rozando sus dedos contra su clítoris con movimientos crueles—. Aunque pretendas mostrarte como una inocente e inexperta.

Ella intentó negarlo, pero las palabras se convirtieron en un gemido cuando él empujó dos dedos dentro de ella, estirándola con brusquedad; el dolor la hizo tensarse, pero Gideon no se apiadó.

—Jodidamente estrecha —siseo—. Va a ser un cielo estar dentro de ti.

Gideon se apartó bruscamente, despojándose de la bata con un movimiento impaciente y la tela cayó al suelo, revelando un cuerpo tallado como el de un guerrero: alto, musculoso, piel dorada por el sol que resaltaba cada fibra tensa de sus abdominales marcados. Entre sus piernas, su erección era imposible de ignorar: larga, gruesa, el glande rosado ya brillante de líquido preseminal.

Elizabeth contuvo el aliento al verlo.

«Diosa, eso no va a caber dentro de mí.»

Él captó su expresión, y una sonrisa arrogante se dibujó en sus labios mientras se masajeaba lentamente, de la base a la punta, disfrutando de su terror.

—Los hombres con los que has estado deben haber sido unos miserables —gruñó, inclinándose para morderle el labio—. Lo que significa que nunca has tenido un verdadero hombre.

—No, yo nunca he… —intentó explicar, decirle que era virgen, pero Gideon ya estaba encima de nuevo, su boca sellando cualquier protesta.

La punta de su pene rozó su entrada, empapada pero aún tensa por el miedo, y él no esperó; con un empuje brutal, la penetró de golpe, haciendo que Elizabeth clavara las uñas en sus hombros.

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