Anita forzó una sonrisa, fijando la vista en la expresión fingidamente cariñosa de Úrsula: "Es verdad, hace mucho tiempo, prima."
La última vez que se vieron fue hace diez años, cuando Úrsula la llevó a rastras a la estética recién inaugurada de su tía para usarla como conejillo de indias en un tratamiento para quitarse la marca de nacimiento en forma de mariposa que tenía en el pecho.
"¿Están de compras?"
Úrsula, aferrada al brazo de Julián, la miró de arriba abajo con una sonrisa: "Anita, ese vestido es demasiado sofisticado y sensual, no va con tu estilo sencillo."
"A ti te quedan mejor las cosas más pueblerinas."
Dicho esto, alzó la cabeza para mirar al hombre que era una cabeza más alto que ella: "Julián, ¿no crees?"
El tono cariñoso y la actitud hacían parecer que era ella la esposa que se había casado con Julián y hecho los votos nupciales.
La mirada de Julián recorrió la piel radiante que el vestido de Anita dejaba al descubierto, y frunció un poco el ceño: "En efecto, no le queda bien."
Esta mujer siempre tan dulce y dócil no debería vestirse de forma tan provocativa.
"¿Cómo que no le queda bien? Mi Anita tiene una figura envidiable, ¿por qué no puede usar ropa sexy?"
Ximena pasó su brazo por los hombros de Anita con una sonrisa fría, barriendo a Úrsula con una mirada sarcástica: "¿No será que estás tan plana y sin curvas que te mueres de celos, y por eso dices que no le queda?"
El rostro de Úrsula se puso pálido al instante.
Apretó ligeramente los dedos de Julián, con la voz ronca y temblorosa: "Es cierto, he perdido mucho peso este año, por más que intento... no puedo evitarlo..."
"Mi figura no es tan hermosa como la de Anita..."
Su voz se fue apagando hasta soltar un sollozo, levantando la vista hacia Anita: "Pero Anita, de verdad no estoy celosa, solo que noté que ese estilo no encaja con tu personalidad, te lo dije con la mejor intención..."
"Úrsula Molina, se nota que estudiaste actuación, ¡te salen las lágrimas a la orden!"
Ximena resopló al ver los ojos llorosos de la mujer: "¡Tú solita sabes muy bien si lo decías con buena intención o si estabas humillando a Anita desde tu pedestal!"
Al escuchar esto, Úrsula empezó a llorar aún más fuerte.
"Anita."
Julián frunció el ceño con frialdad absoluta: "¡Controla a tu amiga!"
Dicho esto, le dio unas palmaditas suaves en la mano a Úrsula para consolarla: "No llores, estás enferma."
Desde un par de metros de distancia, Anita pudo ver claramente cómo, al mirar a Úrsula, los ojos de Julián se llenaban de preocupación y ternura.


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