—¡Señor Betancourt! ¿Viene a recogerla ahorita? ¡Perfecto, perfecto! ¡Lo esperamos en la entrada!
Al colgar el teléfono, el médico cambió su expresión de lambiscón a una de pura maldad.
—Más te vale que mantengas la boca cerrada. Ya sabes qué decir y qué no. De lo contrario, tengo muchas formas de hacer que regreses aquí.
Violeta Ferreyra palideció y sacudió la cabeza con fuerza.
—¡No... no diré nada!
Como le faltaba un pedazo de lengua, tartamudeaba al hablar. El médico sabía que no tendría las agallas para decir la verdad.
Pronto, un Cullinan negro se acercó lentamente.
La ventanilla bajó, revelando un rostro atractivo, de facciones marcadas y varoniles, pero con una expresión helada.
—Súbete.
Al escuchar esa voz familiar, ella se quedó paralizada y levantó la vista poco a poco hasta encontrarse con esos ojos oscuros.
El «Santi» que estuvo a punto de salir de sus labios se le atoró en la garganta.
—Se... Señor Betancourt.
Era su esposo legal.
Pero al final, solo pudo usar ese trato distante.
—No me hagas repetirlo.
Su voz era fría, con un toque de impaciencia.
No lo había visto en cuatro años. Ahora lucía más imponente y guapo que nunca, lo que aumentaba su terror.
Antes, ella lo había perseguido durante diez años, rogándole, sin vergüenza alguna, convirtiéndose en el hazmerreír de todo San Cristóbal.
Ahora, le tenía un pánico mortal y solo quería evitarlo a toda costa.
Bajó la cabeza y caminó cojeando hacia el coche negro; su pie izquierdo claramente tenía algo mal.
Santiago Betancourt la miró y en sus ojos apareció una pizca de burla.
—Violeta, ¿no te has cansado de ese truco? La lástima tiene un límite. Parece que estar encerrada no te quitó las mañas, tú...
De repente, ella empezó a temblar, sus pupilas se dilataron por el pánico y, como si sus rodillas no aguantaran más, se desplomó en el suelo.
¡No podía regresar! ¡Se moriría!
Su pie izquierdo se lo habían roto los enfermeros cuando intentó escapar hace años; nunca recibió tratamiento y quedó mal curado.


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