Era difícil imaginar que esa había sido la mano de una violinista.
La antigua Violeta, caprichosa y voluntariosa, tocaba el violín de maravilla. La prensa decía que esas manos eran un regalo de Dios.
Él frunció el ceño.
—¿Cómo te hiciste esto?
Ella retiró la mano bruscamente, temblando, con la cara pálida como un papel.
—Me... me enfermé. Las uñas se pudrieron y se cayeron.
Santiago tensó la mandíbula, sintiendo una extraña inquietud en el pecho.
Pero al recordar lo que ella había hecho, endureció su corazón.
—Más te vale comportarte. Autolesionarte no te va a servir de nada.
Seguía pensando que era otro de los trucos de Violeta, indigno de compasión.
Pronto, el auto entró lentamente en la villa de la familia Ospina, ubicada en la ladera de la montaña.
Incluso antes de acercarse, se escuchaban risas desde el interior.
—Ay, papás, ya no se burlen. Santi y yo no somos así.
—Cande es muy tímida. Los sentimientos deben ser mutuos, no se pueden forzar.
—Exacto, Cande, tranquila. En cuanto Santi regrese, haremos que se divorcie.
Violeta mantuvo un rostro inexpresivo, sin sentir nada.
Su corazón, ya hecho pedazos, no tenía reacción alguna.
Así que la sacaron de ahí específicamente para el divorcio.
Al escuchar el ruido, todos en la sala voltearon.
Los esposos Ospina estaban sentados a los lados, rodeando con cariño a una chica de aspecto dulce en el centro.
Ellos solían ser sus padres. Las personas a las que llamó «papá» y «mamá» durante veinte años. Hasta que un chequeo médico reveló que no era su hija biológica.
Tras investigar, la verdad salió a la luz: ella era hija de una empleada doméstica de la familia Ospina. Por envidia a la riqueza de sus patrones, la empleada había intercambiado a los bebés al nacer.



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