La mirada de Santiago era gélida, llena de asco.
—¡No tienes remedio!-
Con la cara bañada en sangre, Violeta lo miró con desesperación, tratando de explicar:
—Santi, fue... fue ella quien le dijo a los del manicomio que me... ¡que me golpearan! ¡Me rompieron la pierna! ¡Me arrancaron las uñas!
Él preguntó con sarcasmo:
—¿Qué? ¿No habías dicho hace un momento que se te pudrieron por una enfermedad? Violeta, ¡cuántas mentiras más vas a decir!
Ella se quedó muda, incapaz de hablar.
Begoña Rosas levantó a su hija Candela con la mirada llena de dolor.
—Cande, ¿estás bien? ¿Te duele algo? —Luego miró las marcas en su cuello, furiosa—. ¡Violeta! ¿Cómo pudiste hacerle esto a Cande? Ella siempre se ha preocupado por ti, incluso fue personalmente al manicomio a llevarte comida. ¿Así le pagas?
¿Visitas? ¿Comida?
De repente recordó que cada mes recibía una sesión de electroshock sin motivo aparente. Temblando, dijo:
—Cada mes... el día siete, ¿verdad?
Eduardo Ospina la miró con decepción.
—Vio, sabes bien que Cande iba a verte los días siete. Ella se preocupaba por ti, siempre te defendía, ¿y así la tratas? ¡Debimos dejar que te pudrieras en la cárcel para que pagaras tus culpas!
Hace cuatro años, la acusaron de «atropello y fuga». Casi va a prisión, pero la familia pagó una fortuna para obtener el perdón de la víctima.
Pero ella no lo había hecho. Las pruebas fueron fabricadas y nadie creyó en su inocencia.
Después, con una frase de Candela: «Mi hermana va por mal camino, mejor envíenla al manicomio para que se reforme», la encerraron en El Manicomio de Laguna Negra durante cuatro años.
—¡Papá, papá! Ella... tiene malas intenciones. Nunca fue a verme... ¡fue a castigarme! Ella...
—¡Basta! No soy tu padre. No tengo una hija con un corazón tan podrido. Fue un error sacarte. ¡Chofer, llévensela de vuelta!
Violeta miró a sus padres adoptivos, quienes no le creían ni una palabra, y la luz en sus ojos se apagó.
¿Cómo pudo olvidar que ya no era la hija consentida de los Ospina?
Giró rígidamente la cabeza hacia Santiago y, temblando, logró decir:
—¿Qué tengo que hacer... para no volver?
Toda la familia Ospina vivía a la sombra de los Betancourt; la palabra de Santiago era ley.
Santiago la miró con frialdad y su voz fue cortante:
—Pídele perdón a Cande.
Pronto, quedaron manchas de sangre en el piso.
Candela no pudo ocultar su satisfacción, pero al ver que Begoña empezaba a sentir lástima, la levantó de inmediato.
—Hermanita, ya no te culpo. Levántate, sé que no fue a propósito. Te perdono.
Eduardo suspiró aliviado:
—Cande es tan bondadosa. Después de todo esto, todavía se preocupa por su hermana.
Violeta dejó de resistirse y de negar. Veía todo negro y apenas podía mantenerse en pie.
Sin embargo, sintió un dolor agudo en el brazo donde Candela la sostenía; sus uñas se clavaban en su carne como cuchillos.
—Hermanita, llevémonos bien de ahora en adelante.
Ella aguantó el dolor y asintió.
Eduardo miró la hora y dijo:
—Se hace tarde. Vayan a hacer el trámite.
Los ojos de Candela brillaron de alegría, pero fingió tristeza:
—Santi, ¿esto no arruinará su matrimonio? Tal vez sea mejor dejarlo así...

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