Lisandro Yáñez le dijo a su hija que se sentara en una silla a esperar, y luego caminó hacia un lugar más alejado y tranquilo.
El hombre era alto y de piernas largas, por lo que daba un paso por cada dos de Amara, caminando a un ritmo bastante rápido.
Amara sabía que él temía que alguien los escuchara y anduviera chismeando sobre Yara a sus espaldas.
¡Qué cuidadoso era!
Ella bajó la mirada y aceleró el paso para no quedarse atrás...
Llegaron a una zona donde casi no había gente.
Lisandro se detuvo, sacó una tarjeta de crédito adicional del bolsillo de su pantalón con sus largos dedos y se la entregó, diciendo con tono indiferente:
—Usa esto por ahora, y si no te alcanza me avisas.
Amara hizo una pausa, y al ver la tarjeta, sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
A decir verdad, ese era el tipo de consideración que ella tanto había esperado antes.
Pero en aquel entonces, él la había ignorado por completo, tratándola con total frialdad.
Y ahora, a ella ya no le importaba.
Lisandro Yáñez añadió:
—Hay asuntos que no le conciernen a los demás.
Fue como un balde de agua fría. Amara se quedó de piedra, mirándolo incrédula.
O sea, que esa tarjeta no era un apoyo genuino para su familia, sino un soborno para que mantuviera la boca cerrada.
Tenía miedo de que, antes de que él resolviera sus asuntos pendientes, ella anduviera ventilando la relación entre él y Yara, manchando la reputación de su prima.
Vaya sentido de la responsabilidad.
Je...
Amara soltó una risa amarga y llena de tristeza.
Haciendo un esfuerzo inmenso por reprimir la opresión en su pecho, apartó la tarjeta y quiso decirle de una vez que fueran a firmar el acta de divorcio, pero...
De repente, sonó el teléfono.
Lisandro Yáñez sacó el móvil y contestó. Su tono era de una dulzura que ella jamás había presenciado en todos esos años.
—Sí, voy para allá.
Dicho esto, le lanzó a Amara una mirada indiferente.
De pronto, notó que el anillo en el dedo anular de su mano derecha ya no estaba, e hizo una breve pausa.
Con una ligera sonrisa torcida, colocó la tarjeta en el alféizar de la ventana que estaba al lado de ella, le lanzó una última mirada cargada de significado y se fue.
Amara parecía haberse quedado clavada en el suelo.
Miró la tarjeta y luego se quedó viendo su figura alejarse.
Una humillación como nunca antes había sentido la invadió.
Apretó los puños con fuerza, y sin poder contenerse, habló con voz ronca.
—Lisandro, ¿cuándo regresas a Nueva Alborada?



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