Al regresar a la habitación, Amara habló con sus padres sobre el traslado de hospital.
Camilo Sosa dudaba un poco, no quería ser una carga para su hija.
Sabía muy bien que en los últimos años a su hija no le había ido muy bien con la familia de su esposo.
—Ami... —dijo Ximena también—. Olvídate del traslado, tu papá está bien aquí...
Amara entendía perfectamente lo que pensaban.
Se acercó sintiéndose culpable:
—Ya me puse en contacto con los doctores, y ya está decidido. No se preocupen por mí.
—Ay, niña... —dijeron, aunque se quejaban por fuera, por dentro sentían una mezcla de tristeza y ternura.
...
Al día siguiente.
Cerca de las diez de la mañana.
Amara terminó de empacar, tramitó el alta y se llevó a sus padres al aeropuerto.
Lo que no se esperaba era que...
¡Justo afuera del aeropuerto se topó con Lisandro, Hanna y toda la familia de Yara!
El grupo se bajaba de una limusina, mientras Lisandro protegía a Yara y a Hanna, cubriéndolas amablemente del tráfico.
La escena era digna de una película, provocando que los transeúntes voltearan a verlos con admiración.
—Qué familia tan elegante, qué envidia.
—¡Ya sé! Y el esposo es tan atento, ¡debe ser un marido maravilloso!
—Yo pienso lo mismo. Mira qué clase tienen su esposa y su hija. Se nota que están rodeadas de mucho amor.
—...
A Amara se le formó un nudo en la garganta y, al verlos dirigirse hacia la terminal de vuelos privados, clavó las uñas en las palmas de sus manos.
Era evidente que ellos también regresaban a Nueva Alborada.
Ya se lo imaginaba.
Con lo mucho que Lisandro amaba a Yara, ¿cómo iba a permitir que su abuela siguiera sufriendo por la enfermedad?
¡Estaba claro que iba a conseguirle los mejores doctores posibles!
Y ella...
Amara prefería no pensar en eso.


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