—Mis papás estaban en el hospital. Anabel me ayudó con una parte de los gastos y me pidió que armara un escándalo en el aniversario. La verdad, ya no tenía otra opción…
Anabel le había prometido que le pagaría el resto del dinero en cuanto terminara el trabajo.
Pero después de que la policía se lo llevó, intentó contactarla y ella se echó para atrás.
Dijo que como no había hecho bien el trabajo, no le daría el dinero restante.
Cuando volvió a llamarla, Anabel ya lo había bloqueado.
—Si es así, y conoces a Anabel, supongo que también sabes quién fue la verdadera responsable del accidente de hace cinco meses, ¿no? —preguntó Simona.
Gabriel bajó la cabeza y guardó silencio un buen rato antes de responder.
—La vi. Vi a Anabel bajar del carro, mirar al muerto y luego volver a subirse, muerta de pánico, para irse a toda velocidad.
—¿Estarías dispuesto a testificar por mí?
Simona se aferró a sus pantalones, con el corazón acelerado por la emoción.
Era su única oportunidad.
Gabriel volvió a quedarse en silencio. Se había escapado en aquel momento precisamente para no meterse en problemas.
Era evidente que el carro implicado en el accidente valía una fortuna, y no se atrevía a enfrentarse a gente tan rica y poderosa por miedo a las represalias.
Además, por lo que había tratado con Anabel, sabía que era una mujer despiadada, de las que no conviene tener como enemiga.
No decía nada.
Enzo soltó un bufido.
—¿Así que tienes agallas para armar un escándalo en una escuela, pero no para decir la verdad?
Señaló a Simona.
—No lo entiendo. ¿Por qué estás dispuesto a hacerle el trabajo sucio a alguien como Anabel por un poco de dinero, pero no quieres ayudar a Simona a limpiar su nombre cuando ella pagó todas las cuentas? ¿O es que crees que es más fácil aprovecharse de ella?
Las palabras de Enzo dejaron a Gabriel sin respuesta, paralizado.
«¿Por qué? ¿Por qué haría algo malo por dinero para alguien como Anabel, pero no algo bueno por Simona?».
No quería que nada interfiriera con los preparativos.
Era su última forma de devolverle a su abuela todo su cariño.
Quería que toda la familia Rivera, incluida Anabel, pudiera llevarle flores.
Simona no explicó nada más y Gabriel no insistió; simplemente aceptó.
Al salir, la mirada de Simona se detuvo en una foto familiar colgada en la pared del salón, en la que también aparecía Daniela.
En la foto, Daniela aún era una adolescente. Estaba de pie en un extremo, con una sonrisa algo forzada.
«Seguramente la tomaron cuando su familia la estaba obligando a dejar la escuela», pensó Simona.
En aquel entonces, Daniela sentía que su vida ya no tenía esperanza.
De repente, Simona habló, mencionándola.
—Cuando estábamos en la prepa, Daniela me dijo que, en toda su familia, tú eras el único que la trataba bien.

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