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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 213

—¿A poco fue y se casó con el primer tipo que se le cruzó?

—No me sorprendería, es tan capaz de hacer algo así.

Apenas escuchó esas voces tan familiares, Beatriz alzó una ceja con desdén.

¿Ismael?

—Mira, yo digo que no vale la pena hacer tanto escándalo. Mejor hagan las paces y ya, a final de cuentas, en ese entonces todos estaban entre la espada y la pared —comentó Julián, mientras le daba una calada a su cigarro, intentando sonar conciliador.

¿Hacer las paces? Eso era imposible.

Entre ellas ya había sangre de por medio. Eso no se resolvía con un simple apretón de manos.

—Tú no sabes todo lo que pasó.

Ismael, después de otra decepción ese día, estaba de malas y decidió invitar a unos amigos a tomar algo.

Jamás pensó que Beatriz también anduviera por ahí.

Sus palabras, llenas de resignación, podían despertar lástima en cualquiera que las escuchara.

Pero para Beatriz, ese hombre era un actor de primera.

—Dicen que Carlota ya ni mete las manos en la empresa, que ahora anda detrás de cámaras vendiendo cosas en línea. ¿Qué le pasa por la cabeza?

Julián cambió de tema. Para él, si no estabas en la administración, ni soñaras con tener el control.

Que Carlota optara por el trabajo en redes le parecía una tremenda equivocación.

Ismael prefirió quedarse callado.

Julián siguió platicando de cualquier cosa.

Beatriz, al cabo de un rato, se aburrió y rodeó la mesa para salir.

No esperaba encontrarse justo en la puerta con Gregorio, que llegó apurado.

Se sorprendió al verla.

—¿Tú por aquí?

—Sí, qué casualidad. ¿Ismael y Julián no te invitaron?

Gregorio se encogió de hombros.

—Sí me avisaron, pero el tráfico estaba insoportable y por eso llegué tarde.

Beatriz asintió.

—¿Y tú qué haces aquí?

—Vine a una comida.

Y todavía pensaban seguir usando a Carlota para ganar popularidad.

—Haz lo que puedas para que Carlota le haga la vida imposible a Gregorio.

Ese tipo necesitaba una lección. No entendía cuándo debía callar y cuándo hablar, así que Beatriz no tenía problema en enseñarle de una vez por todas.

...

En la mansión de la familia Mariscal.

Carlota gritaba de dolor bajo la mirada implacable de su terapeuta.

Sus alaridos desgarradores retumbaban por toda la casa.

Regina Gómez, parada en la puerta, tenía los ojos llenos de lágrimas al ver a su hija así.

Esperó a que el terapeuta saliera para entrar al cuarto.

—Mamá, ya no quiero hacer más ejercicios… me duele mucho —sollozó Carlota.

—Lottie, aguanta tantito, ¿sí? —Regina le secó las lágrimas con cariño—. ¿De verdad quieres pasarte la vida en silla de ruedas, viendo cómo Beatriz se sale con la suya? ¿Vas a dejar que todo lo que tanto te costó te lo arrebate otra vez?

—¡Jamás! Algún día me voy a levantar de aquí y la voy a destruir.

—Entonces tienes que resistir, ¿me escuchas? —Regina sentía un odio tan grande por Beatriz que hasta deseaba verla desaparecer.

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