—¡Pum!
El teléfono se cortó de golpe, el sonido seco llenó el aire.
Carlota seguía aferrada al celular, aunque no necesitaba pensar mucho para imaginar lo que estaba sucediendo. El coraje la hacía respirar entrecortadamente, su pecho subía y bajaba con fuerza.
Aguantó. Trató de calmarse.
Pero no pudo.
De repente, lanzó el celular contra la pared con todas sus fuerzas.
Sentía que su cuerpo ya había sufrido suficiente con todo el tratamiento médico, y ahora también tenía que soportar que Sonia la pisoteara psicológicamente.
—¡AAAAHHHH!
Un grito desgarrador salió de su garganta, tan fuerte que el grupo de médicos y enfermeras que estaban ayudando con su rehabilitación no se atrevieron a acercarse un solo paso.
—¡Maldita!
—¡Sonia, eres una maldita!
—¡Qué descarada, robamaridos!
En ese momento, Regina entró alarmada por el escándalo.
—¿Qué está pasando aquí?
Carlota, temblando, se esforzó por incorporarse en la cama y, entre sollozos, se abrazó a Regina con desesperación.
—Mamá...
Su llanto se escuchaba como si el mundo se fuera a acabar.
...
En pleno verano, las lluvias eran frecuentes. A menudo, el trueno llegaba antes que la tormenta, y los relámpagos cruzaban el cielo, trayendo consigo ráfagas de viento que sacudían las cortinas de la sala.
En uno de esos momentos, Sonia estaba siendo sujetada con fuerza en el sofá, alguien tiraba de su cabello largo.
Una corbata le cubría la boca, impidiéndole pedir ayuda...
Pasaron dos horas. La tormenta arreció, el viento azotaba la ventana y las cortinas, ya empapadas, se pegaban al vidrio.
Sonia quedó extenuada sobre el sofá.
Ismael la tomó por el brazo y, sin darle respiro, la cargó hasta la habitación.
—No te duermas.
—¿No que te gustaba esto?
—Pues hoy llegamos hasta el final.
—Ismael, tú estás enfermo. ¡De veras estás loco!
Ella intentó insultarlo con lo poco que le quedaba de energía, ni siquiera podía levantar la cabeza.
Rubén, que rara vez se quedaba sin hacer ejercicio en las mañanas, estaba apoyado en el respaldo de la cama, mirando noticias de economía en el celular.
—La lluvia de anoche fue tan fuerte que tumbó varios árboles. Están cortando los troncos afuera.
Beatriz, fastidiada, se acurrucó a su lado. Rubén dejó el celular y la abrazó, masajeándole con suavidad la sien.
—¿Por qué no te tapas y duermes otro rato?
—No quiero, huele raro aquí...
La noche anterior habían estado tan entregados que terminaron cayendo rendidos antes de cambiar las sábanas. No hacía falta pensar mucho para saber qué olor impregnaba el cuarto.
Rubén escuchó su queja y se quedó callado un instante antes de reírse.
Beatriz, molesta, frunció los labios.
—¿De qué te ríes?
—De que eres adorable.
Como ya no podía dormir, Beatriz también se incorporó y se recargó en la cabecera, revisando los mensajes del grupo de la empresa en su celular.
De repente, sonó una notificación.
[Primera Clínica Regional, Ginecología]
Beatriz leyó el mensaje y lo borró de inmediato, sin pensarlo dos veces.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina