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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 236

—Cuando por fin dejes de desconfiar de mí, cuando ya no guardes esa distancia…

—Serás como Vanesa conmigo, me pedirás cosas, me darás tu opinión, me dejarás ayudarte a espantar a quienes te han hecho daño.

—Y así, dejarás de alejarte tanto.

Una parte suave, casi imperceptible, se derritió en el corazón de Beatriz.

—Perdón… Es que, después de tanto tiempo, me acostumbré a estar sola.

—Lo sé, y de verdad lo entiendo —Rubén la sostuvo de los hombros y la apartó suavemente, inclinándose para mirarla directo a los ojos. Se le escapó una sonrisa ligera—. Que hoy me hayas pedido ayuda, me hace feliz.

A Beatriz le daba la impresión de que los ojos de Rubén la atravesaban.

Como si fueran un abismo.

Como si quisiera arrastrarla hacia el lodo de un amor del que no habría escapatoria.

Sintió el impulso de voltear la vista, de huir de ese brillo desbordante.

Pero Rubén notó su intención. Bajó la cabeza y pegó su frente a la de ella, rozándola con ternura, envolviéndola en una calidez imposible de esquivar.

—Pídeme lo que quieras, Bea. Estoy más que dispuesto a ser tu espada, a vengarte, a abrirte camino, a enfrentar a todos los que alguna vez te traicionaron o te lastimaron.

—No tienes que ser tan bueno conmigo.

—Eres mi esposa. Es mi deber cuidarte.

Las palabras de Rubén, tibias, casi susurradas, le acariciaron la nariz como una brisa inesperada.

Le hormigueó hasta la cabeza, como si las defensas de su mente se desmoronaran por completo.

Beatriz alzó la mirada, a punto de decir algo.

Rubén se acercó todavía más, y con una voz que no temblaba ni un poco, le aseguró:

—Bea, tú eres mi responsabilidad.

A veces, Beatriz no entendía de dónde sacaba Rubén esas frases tan cursis.

—Obvio vine por ti —Héctor sonrió con descaro, frotándose las manos para esparcir mejor el aceite de masaje—. ¿Por qué te sorprende tanto verme, señora Zamudio? Cuando trataste de matarme tantas veces, ¿a poco pensaste que aunque me muera, no voy a dejarte en paz?

—No sé de qué estás hablando.

—Por supuesto que no lo admitirías. Así como tampoco admitiste cuando mandaste a alguien a que violara a tu nuera, ¿a poco no?

Héctor rodeó la cama de masajes, acercándose poco a poco.

Isabel retrocedía, temblorosa, buscando cualquier esquina donde esconderse, dudando entre gritar o correr.

—¡Ándale, grita! Grita fuerte. Si no gritas, ¿cómo va a saber la gente que tú y yo ya nos revolcamos alguna vez?

—Yo, que ni el título de la universidad pude sacar, estoy fascinado de terminar enredado con una señora Hermosillo, que resultó peor que cualquiera.

La mente de Isabel se nubló.

Con las piernas temblorosas, se apoyó en la cama y se agachó para recoger la sábana del suelo, envolviéndose con desesperación. Apenas puso la mano en la puerta para salir, una mano la sujetó con violencia y la estampó contra la madera...

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