En la sala de visitas, Carlota lloraba tanto que sentía que todo le daba vueltas.
Apoyaba la cabeza sobre una mano, sentada en su silla de ruedas.
Tenía la mirada perdida, deshecha, como si le hubieran arrancado hasta el último aliento.
—¿Tú sabes quién fue? —La voz cortante de Regina la sacudió, haciéndola alzar la cabeza un poco.
Los ojos de Carlota, enrojecidos, temblaban al mirar a Regina. Todo su cuerpo se estremecía.
Regina no aguantó la espera ni un segundo más.
—¡Te pregunté si sabes quién fue!
—Lo sé… pero no puedo decirlo.
Regina empezó a temblar de rabia. Solo de pensar que la persona que había dejado a su hija en ese estado seguía en Solsepia, sentía un impulso incontrolable de ir y hacer justicia por su propia mano.
—¿Por qué no puedes decirlo? ¿Quién fue? ¿Así cómo quieres que tus papás lo superen?
Carlota luchaba contra el temblor de su voz.
—No me preguntes más, por favor… No puedo decirlo.
Regina la observó en silencio, como examinándola de pies a cabeza. Mientras más lo pensaba, más vueltas le daba a las razones que podían hacer que Carlota guardara ese secreto.
Al final, solo se le ocurrió un nombre: Ismael.
—¿Tiene que ver con Ismael? ¿Es por él, cierto?
Carlota solo cerró los ojos, sin decir nada.
El silencio fue la mejor confesión.
Regina se quedó ahí, paralizada por el asombro, sin poder reaccionar. Pasaron varios segundos, y al final, parecía tan abrumada que ni las palabras le salían.
De repente, soltó una carcajada amarga y empezó a caminar de un lado a otro en la habitación.
—Perfecto, perfecto… La familia Zamudio, qué maravilla —masculló, cargada de odio.
—No pienso dejar que esa mujer se salga con la suya. No se lo merece.
Su furia quedó encerrada tras la puerta. Carlota, en silencio, dejó que las lágrimas rodaran por sus mejillas, perdiéndose entre los pliegues de la manta sobre sus rodillas. Lloraba tan callado como la lluvia que se evapora en el calor del mediodía.
Como las nubes que desaparecen en el cielo cuando un avión surca el horizonte, así se desvanecía su consuelo.
...
Liam iba sentado en el asiento del copiloto, jugando con el celular, completamente relajado.
—Por fin nos quitamos de encima a esa inútil de Carlota —dijo con desgano—. ¿El siguiente objetivo es Isabel Hermosillo?
—Quisiera saber en qué anda metido Héctor, a veces de plano desespera lo lento que es ese muchacho.
Beatriz tenía el teléfono en la mano.
La pantalla mostraba la ficha de Isabel en Wikipedia.
—Sí, bastantes.
—¿Me puedes decir cuáles en específico? —preguntó Beatriz.
—¿Prefiere que le pregunte al jefe y le mando la lista? —respondió Andrés.
Andrés era eficiente y cumplidor. Apenas Beatriz llegó a la oficina, ya tenía la información en su celular.
Beatriz revisó los nombres y se detuvo en el Hospital Santo Tomás, en el área de ginecología y obstetricia.
Una sonrisa apenas perceptible apareció en sus labios.
...
—Señorita Mariscal, ¿me está escuchando? —Úrsula Pedraza estaba sentada al otro lado de la mesa, intentando hablarle sobre la propuesta de un nuevo producto.
Beatriz, distraída y ausente, parecía no prestarle atención a nada ni a nadie.
¿Qué clase de actitud era esa? Ni porque tuviera acciones en la empresa podía tratar así a la gente.
—Sí, la escucho —contestó Beatriz al fin, guardando el celular y alzando la mirada.
La vio directo, tranquila, como quien no le da mayor importancia a nada. Úrsula sintió un escalofrío. No era fácil aguantar esa mirada.
El atractivo de Beatriz era tan intenso que hasta dolía.
—La propuesta de producto que mencionó ya la desarrolló mi equipo. Sobre la idea de trabajar dos equipos juntos, no acepto su sugerencia. Prefiero que cada quien haga lo suyo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina