—Señor.
—Bájate del carro —Rubén no prestó atención al saludo de Andrés y abrió la puerta para que Beatriz bajara.
La actitud de Rubén era dominante, no dejaba lugar a discusión.
Estaba previsto que llegara a casa hasta las ocho de la noche.
Se había apresurado para regresar antes, con la intención de sorprender a Beatriz.
Pero la sorpresa aún no salía de su boca, cuando el susto ya lo había recibido él primero.
Solo se había ausentado unos días y ya la familia Zamudio había metido a Beatriz en la comisaría, ¡qué bárbaro!
¿No que muy hábil?
¿No que sabía salir de cualquier lío?
¿Y ahora cómo fue que terminó metida ahí?
Beatriz no se movió, estiró los dedos y sujetó la pernera de su pantalón, mirando a Rubén con cierta incomodidad.
—¿Por qué no subes tú primero? —propuso ella.
A lo mejor temía que Rubén no notara el estado en que se encontraba, así que encendió la luz.
El hombre, con solo una mirada, notó el desastre en el que andaba Beatriz y, con el rostro tenso, subió al carro.
Andrés y Liam se miraron entre sí, entendiendo la situación, y subieron la ventanilla divisoria.
Si alguien tenía que caerle la furia de Rubén, que fuera Beatriz.
Ellos no pensaban sacrificarse.
A fin de cuentas, las peleas entre esposos se arreglan en la intimidad, ¿por qué iban a ser ellos las víctimas?
...
Al llegar a Montaña Esmeralda, Beatriz se dio cuenta de que los tres chicos ya habían regresado.
Sebastián y Joaquín tenían la cara de quien acaba de ser regañado; al ver a Rubén, se pusieron firmes y calladitos, igual que pollitos asustados.
Solo les faltó mover las alas de lo atentos que estaban.
—Buenas noches, tía —saludaron con obediencia.
Beatriz les sonrió y les devolvió el saludo, intercambiando un par de palabras antes de anunciar que subiría a cambiarse de ropa.
Rubén la siguió sin perderla de vista.
Apenas desaparecieron ambos por las escaleras, la tensión en la sala pareció disiparse como una tormenta que se retira.
Los tres chicos soltaron un suspiro de alivio.
—¿El tío volvió a enojarse? ¿Por qué ahora? —preguntó Sebastián, arrastrando las palabras.
—Porque llegó y no vio a la tía —contestó Vanesa, como si nada la sorprendiera.
Al final, ese tipo de celos enfermizos de los hombres mayores no los aguanta cualquiera.
—Rubén, el pantalón me está pegando, de verdad me siento muy mal.
Quizá fue el modo en que Beatriz pronunció su nombre, tan suave, que Rubén aflojó un poco la presión en su agarre.
Pero su expresión seguía dura.
—Hazlo rápido.
—No tardo.
Beatriz cumplió su promesa. Se bañó y cambió en menos de veinte minutos.
Para Rubén, esos minutos le parecieron años.
Mientras tanto, él se quedó de pie, mirando por la ventana del estudio.
Andrés llegó para reportarle lo que había pasado durante el día.
Pasó un buen rato antes de que Rubén hablara, con voz contenida:
—¿La abuela lo tenía todo planeado?
—Parece que sí —asintió Andrés.
Rubén dejó escapar una risa cargada de ironía y se llevó el puro a los labios.
¿De verdad creía la abuela que no tenía ojos en la espalda?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina