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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 274

Beatriz pensó para sí misma: ¿De verdad quiere que dependa de él?

Lo que él buscaba en realidad era que obedeciera.

Y ese nivel de obediencia, al ojo de los demás, no era otra cosa que control absoluto.

Pero para quien lo vivía, no se sentía así.

Un padre en vida, de esos que todo lo quieren manejar. Así era.

Sin más remedio, Beatriz apoyó el rostro en su cuello y suspiró:

—Tú sabes que estos años me la he pasado luchando sola. Salvo por Liam y Valeria, no he tenido a nadie a mi lado. Mi tío y mi abuela quisieron ayudarme, pero como soy tan terca, me negué y seguí adelante a mi manera. A fuerza de golpes y tropiezos, llegué hasta aquí. Ya estoy acostumbrada a enfrentarme a todo eso sola.

—Sí, sé que lo haces por mi bien, eso ni dudarlo, pero… —Beatriz intentó que sus palabras sonaran lo más convincentes posible—. Solo te pido un poco de tiempo, ¿de acuerdo?

—Si un vegetariano empieza a comer carne de la nada, claro que le va a hacer daño. —Y si ella, de repente, se apoyaba en alguien completamente, también le traería consecuencias.

Rubén la miró con una media sonrisa torcida y, con los dedos, apartó un mechón de su cabello detrás de la oreja:

—Todo eso que dices, en el fondo, es para que yo afloje y me aparte de tus asuntos, Bea… Eres lista, sabes cuándo y cómo decir las cosas para conseguir lo que te propones. Igual que ahora, solo quieres que no meta las manos en tus problemas.

Las manos de Beatriz, entrelazadas con las de Rubén, comenzaron a sudar.

No por nada Vanesa siempre le soltaba aquella frase:

[Ya qué, si al final no le puedo ganar a mi tío, mejor ni le muevo.]

A veces, rendirse era una movida más astuta que pelear.

Justo eso era lo que Beatriz quería hacer ahora: dejar que las cosas se fueran como fueran.

Ambos se quedaron callados, tensos, como si dentro de su cabeza algo se estuviera sobrecalentando.

Rubén bajó la mirada, su expresión serena pero imponente, como una figura religiosa que observa sin emoción, esperando su respuesta.

Beatriz sentía que no tenía escapatoria.

—Desde que decidimos casarnos, dejé claro que no quería que te involucraras en este tema. Lo hablamos y me lo prometiste. ¿Por qué, ahora que estamos en Solsepia, cambiaste de opinión?

—¿Dónde estuvo el error? —preguntó Beatriz, dejando ver la duda que le carcomía el pecho—. ¿Acaso crees que vine para reconciliarme con él? Yo estoy aquí para verlo caer, no para volver con esa persona.

Orlando se quedó en la sala, esperando a que Emma terminara de atender a la anciana antes de entrar.

Sentado en una silla junto a la cama, Orlando soltó un largo suspiro:

—A su edad, ¿para qué arriesgarse así?

—Si llega a pasarle algo, ¿qué vamos a hacer nosotros?

—Si pudiera llevarme a Beatriz y así evitarle a la familia Zamudio más sufrimiento, lo haría, —confesó la abuela, mostrando su preocupación por la familia—. Al principio, todo esto se hizo para quitar a Beatriz del camino y que la familia Zamudio pudiera estar en paz, ¿o no?

—No diga eso, abuela. El problema de Beatriz hay que resolverlo, pero no a costa de su vida.

Beatriz no lo valía.

La anciana, agotada, cerró los ojos un instante.

—Beatriz... tiene que desaparecer —musitó con voz ronca.

Apenas Orlando salió de la habitación, se cruzó con Isabel, que se acercaba envuelta en una larga pijama de algodón.

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