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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 276

Después de desayunar, Vanesa y los demás salieron rumbo a la empresa para trabajar horas extras, todo bajo la silenciosa advertencia de Rubén.

Se fueron a regañadientes, los tres con el ceño fruncido y arrastrando los pies, pero ante la autoridad de Rubén no les quedaba más que obedecer.

—Ese sí que olvida a la familia por una mujer —murmuró uno de ellos en voz baja, mientras se alejaban.

En la sala, Beatriz estaba de pie junto a la ventana, observando cómo Vanesa se marchaba dando vueltas para mirar atrás a cada paso. Un aire de desconcierto la envolvía cuando preguntó:

—¿Los mandaste a la empresa para tener la casa para nosotros solos?

—Ajá —respondió Rubén sin darle mayor importancia.

Se acercó a ella y, con una caricia sutil en la parte baja de su espalda, dejó sentir la calidez de su mano. La cintura de Beatriz, tan delicada, cabía perfecta en su palma.

—Ve a cambiarte, te voy a llevar a un lugar.

—¿A dónde? —preguntó ella, levantando la mirada con curiosidad.

—Ya verás cuando lleguemos.

...

Aquel día, la pareja salió sin Liam. Andrés manejaba el carro, y detrás de ellos los seguía un Buick discreto que no llamaba la atención.

Tomaron la autopista y se dirigieron hacia un pequeño pueblo cerca de Solsepia. No fue sino hasta que llegaron que Beatriz se enteró de a dónde la había llevado Rubén: un antiguo poblado turístico en las afueras.

El carro se detuvo frente a una casa con un amplio patio. Rubén tomó la mano de Beatriz y con la otra empujó la puerta. Frente a ellos se desplegaba un patio interior, cada rincón reflejando elegancia y buen gusto.

—¿Es un hotel? —preguntó Beatriz, sorprendida por el lugar.

—Es una casa —corrigió Rubén.

—¿Eh? —Beatriz no pudo ocultar su asombro.

Sin soltarla, Rubén la guio directamente a la sala principal. Todo el mobiliario era de madera antigua, pulida por los años. Los apoyabrazos del sofá brillaban por el uso.

—La última vez noté que te gustaban este tipo de casas con patio —dijo Rubén, paseando la mirada por el lugar—. Ahora que regresé a Maristela, le pedí a mi madre que me cediera esta.

—Está cerca de Solsepia, así que si quieres venir a pasar el fin de semana, será fácil.

—Cuando mi madre se casó, mi abuelo le regaló varias casas como parte de su dote. Esta es una de ellas.

Tomándola de la mano, la invitó a salir al patio.

—Vamos a ver la casa.

...

Beatriz ya lo había pensado antes: la fortuna de la familia Tamez parecía interminable. En aquella época, regalar casas como parte de la dote era algo fuera de lo común. Mientras la mayoría de la gente apenas conseguía lo necesario para vivir, la familia Tamez parecía nadar en la abundancia.

Aunque su familia siempre había vivido bien, la bonanza había llegado apenas con su padre. En cambio, los Tamez llevaban al menos tres generaciones así.

No podía evitar sentir que había una distancia enorme entre ella y Rubén, una brecha difícil de salvar.

...

Al mediodía, almorzaron en el patio de la casa. Más tarde, decidieron pasar la noche ahí.

Después de cenar, se cambiaron a ropa cómoda y salieron a caminar por el antiguo pueblo. El aire estaba fresco y agradable, típico del otoño, y el lugar rebosaba de turistas.

La casa quedaba a una sola calle del centro turístico. El bullicio y la alegría se colaban por cada rincón, dándole al lugar un encanto especial.

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