En el privado detrás de ellos, Lucas observaba a Orlando, girando la copa entre sus dedos con un gesto inquieto.
—No entiendo muy bien el motivo de esta reunión —dijo, con cautela—. ¿Señor Zamudio, me buscó para que le ayude a enfrentarse a mi sobrina?
Orlando no se inmutó, ni por un segundo.
—¿Así que el señor Mariscal todavía considera a Beatriz su sobrina? —preguntó, con una sonrisa sarcástica.
—Eso dice el apellido, y también la sangre —respondió Lucas, sin dudar.
Orlando soltó una risa burlona.
—Vine a buscarte con intención de aliarnos —declaró—. No pienso perder el tiempo con vueltas innecesarias. Beatriz regresó, y su objetivo eres tú… y soy yo. Antes de que nos derrote a cada uno por separado, mejor unimos fuerzas y la sacamos del camino. Al final de cuentas… ¿no era ese su plan desde el principio?
Lucas se mantuvo en silencio, su mirada dura.
Orlando continuó:
—Olvídate por un momento de quién es el esposo de Beatriz. Solo con lo de Carlota, ¿no te parece todo demasiado extraño?
—Desde que Beatriz volvió, Carlota empezó a brillar en redes sociales, consiguió un puesto importante, luego tuvo ese accidente y perdió la pierna. Paso a paso, su historia se parece demasiado a la de Beatriz, ¿no crees?
—Lucas, tú tampoco quieres que el Grupo Mariscal termine en manos de Beatriz, ¿verdad?
El silencio de Lucas se extendió, pesado. Sabía perfectamente que cada movimiento de Beatriz tenía un objetivo claro.
A la familia Zamudio no la iba a dejar en paz.
Y a la familia Mariscal, menos.
Tras un largo rato, Lucas preguntó:
—¿Qué es lo que esperas de mí?
...
Ese fin de semana, mientras Beatriz disfrutaba de una tranquilidad envidiable, Isabel vivía un auténtico calvario.
Héctor se había convertido en una sombra que la seguía a todas partes, apareciendo como un fantasma en cada momento de su vida.
Isabel, desesperada, compró un boleto de avión para salir del país y así poder deshacerse del problema en su vientre.
Pero apenas llegó al aeropuerto, Héctor la interceptó y la metió a la fuerza en su carro.
—¿Qué te pasa? ¡Suéltame! Esto es el aeropuerto —gruñó, forcejeando.
—¿Te volviste loco, Héctor?
—¡Héctor!
—¿Ahora sí te pones digna, Isabel? —se burló él, sujetando sus muñecas y pegándolas contra las puertas—. ¿De verdad después de todo lo que hicimos te vas a hacer la ofendida?
—¿O será que no quieres hacerlo aquí? Si quieres te llevo a un hotel, ¿qué te parece?
El pecho de Isabel se agitaba como si fuera a estallar. No podía permitir que algo así sucediera ahí, en medio del aeropuerto, con la gente yendo y viniendo. Si alguien la reconocía, sería su fin.
—Está bien —cedió Isabel, con la voz temblorosa.
Solo entonces Héctor la soltó.
Cerca del aeropuerto había varios hoteles económicos. Héctor eligió el más cercano y se dirigieron allá.
Entraron uno tras otro. Apenas cerraron la puerta, Héctor la arrinconó contra la madera, pero esta vez Isabel reaccionó antes: levantó la mano y le dio un bofetón.
—Dime cuánto quieres, ponle precio —le soltó, con la mirada llena de furia.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina