Regina estaba fuera de sí, deseando con todas sus fuerzas darle una lección a Beatriz.
¿Perra?
Bueno, entonces le enseñaría lo que era una verdadera perra.
La figura que aguardaba junto a la puerta se lanzó hacia Beatriz con pasos apurados.
Al llegar a su lado, levantó la mano y la dejó caer a tal velocidad que, cuando la bofetada estaba a punto de impactar, Regina recobró la razón de golpe.
En ese instante, vio con total claridad cómo la comisura de los labios de Beatriz se curvaba hacia arriba, mientras la punta de su lengua presionaba la mejilla y sus ojos, oscuros y decididos, se llenaban de una satisfacción casi triunfal.
—Gracias, tía.
—Tú... —Regina se quedó helada, entendiendo al instante que había caído en la trampa.
...
El ulular de las sirenas llenó el aire.
Justo en ese momento, la conferencia de prensa en la planta baja acababa de terminar y una multitud de reporteros salía apresurada del salón.
Al ver cómo los policías escoltaban a Regina y a Beatriz escaleras abajo, el morbo y la curiosidad periodística se dispararon sin control.
Dentro del edificio nadie se había atrevido a acercarse, pero en cuanto las dos pusieron un pie afuera, los reporteros corrieron directo al carro de la policía, listos para seguirlas hasta la comisaría.
En ese preciso instante, Ismael, quien acababa de terminar de dar su declaración, salió del edificio. Al cruzarse con Beatriz, la curva en los labios de ella le provocó un escalofrío en la espalda.
Desvió la mirada hacia la entrada y, al percatarse de los destellos incesantes de las cámaras, por fin comprendió la gravedad de lo que sucedía.
—Beatriz, ¿lo hiciste a propósito?
—¿A qué se refiere el señor Zamudio? —respondió ella, alzando la cabeza con deliberación, mostrando las marcas rojas de la bofetada en su mejilla.
Era como si quisiera gritarle al mundo: “Estoy aquí por algo mucho más grande”.
Al pasar junto a él y entrar en la sala principal, Beatriz pensó: “¿Quieres titulares? Pues te daré una transmisión en vivo”.
Ella misma se había lanzado al ruedo, lista para arrastrarlo todo consigo.
¿No era suficiente espectáculo?
Más que verla pelear con Regina, la gente estaría mucho más interesada en ver la noticia de su exesposo Ismael escondiendo un cadáver en la cajuela de su carro.
Todos sabían perfectamente que un homicidio tiene mucho más peso que un simple escándalo.
En cuanto a la bofetada de Regina, eso podía esperar...
Tres años después, no solo no se detenía, sino que ahora era aún más descarada y descontrolada.
—Señor Zamudio, no sé si deba decir esto...
La secretaria reunió el valor para hablar.
Orlando apoyó ambas manos sobre el escritorio, con las venas de las manos marcándose como si fueran a estallar.
—Habla.
—Ahora mismo, lo más importante es buscar la reconciliación, darle a la empresa un respiro, porque si no...
Se quedó callada, pero Orlando entendió perfectamente.
Saber cuándo avanzar y cuándo retirarse es la clave para cualquier adulto.
A su edad, aunque una joven lo estuviera orillando hasta el límite, también había que saber cuándo inclinar la cabeza y pedir perdón.
Mientras haya vida, siempre habrá oportunidad de volver a empezar. Esa lección la tenía bien aprendida.
—Ve y contacta al señor Olmos, pregúntale si quiere ser mediador y ayudarme a concertar una reunión con la familia Barrales.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina